PUBLICIDAD Y VALORES... Y PERSONAS

Decía un pensador: "dices que éstos son tiempos difíciles, son tiempos deprimentes, son tiempos preocupantes. Pero los tiempos nunca han hecho mal a nadie. Los que hacen el mal son la personas". Han pasado siglos desde esa frase, pero sigue vigente. Sobre todo, porque añadía: "vive tú correctamente y cambiaran los tiempos. Cambia a las personas, y los tiempos cambiaran".

Es evidente que el ambiente nos influye. Y hay que procurar que esté acorde a lo que pensamos y queremos que sea nuestra sociedad. Me refiero ahora a un aspecto muy puntual del ambiente que nos rodea, y es la publicidad: entra por los ojos, quizá es de lo que más influye. Pero lo importante son las personas, los valores que tienen las personas. Éstas son las que hacen –los que hacemos- "nuestro tiempo".

Toco el tema porque recientemente un artículo sobre la responsabilidad social del Estado hablaba de cómo han limpiado de publicidad –de toda, parece- el metro de México, porque eso, según el columnista, creaba "contaminación visual", y era una manifestación de libre mercado que iba en contra de la relación con la gente, deshumanizaba la ciudad. Yendo a nuestro tema, pienso que la publicidad, en sí, no puede hacer daño a nadie. Lo que hace daño son las personas desvalorizadas. No es la publicidad por la publicidad lo que es malo; como tampoco es cierto que la que esté en manos del Estado sea buena por definición. Que se lo pregunten a la sociedad británica, sometida a campañas de información sexual estatal, que todos sabemos a donde les han llevado.

En la misma línea va un artículo en El País (Madrid, 21 enero 2001). La TV pública –dice- necesita financiación menos dependiente de la publicidad, porque así podrá poner especial énfasis en programas y anuncios informativos, culturales, educativos y en otros contenidos que favorezcan la solidaridad y la cohesión social. Y pone el ejemplo de algunos países –como Gran Bretaña..., ya comentamos antes...–, en que las televisiones públicas se financian íntegramente mediante impuestos. Esto es bueno –afirma- porque así las televisiones públicas no tienen una presión directa por la audiencia o por la rentabilidad, a diferencia de los canales privados. En fin, cosas de otros países, por no decir de otros planetas.

Otra queja contra la publicidad viene de Susan Faludi, una de las más conocidas feministas norteamericanas, que escribe en Newsweek (8-I-2001) un incisivo artículo sobre la traición que ha supuesto desviar el feminismo a una pura cuestión de capacidad adquisitiva. Comenta que nada ha sido más rentable para muchos que orientar el feminismo hacia el hecho de ganar dinero y, sobre todo, de gastarlo. Un vistazo a los modelos femeninos de la publicidad –sean revistas femeninas o series de televisión– da buena muestra de ello. Se queja de que más que la independencia económica de las mujeres, se promociona su despilfarro, la autoindulgencia y la frivolidad. Lo cual no deja de ser chocante cuando la mayoría de las mujeres que trabajan fuera de casa lo hacen no para "sus cosas", sino para poder pagar junto a su marido colegios, comida, etc. Faludi se hace eco de recientes estudios que muestran una creciente frustración femenina porque las mujeres están hartas de trabajar fuera de casa, o que les gustaría pasar más tiempo con sus familias. En fin, culpa de la publicidad, de nuevo.

Quizá es valioso lo que trasluce la queja de esta feminista arrepentida. La mujer –y todos- lo que necesitan son valores. Pero esto no es cuestión de publicidad: influye, pero no es el centro del problema. Eso sería muy cómodo para los que no somos publicistas. Repitiendo el pensamiento de inicio: "lo que hace el mal son las personas. Cambia a las personas, y los tiempos cambiaran". Por cierto, el pensamiento es de un ciudadano romano del siglo IV, Agustín de Hipona, más conocido por San Agustín.

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