EL COMPAÑERO FIDEL Y SUS MEDICOS

            Antiguamente –por los sesenta del pasado siglo- cuando corrían chistes del presidente, era señal de que estaba de altas en la opinión pública y que estaba lejos el peligro de los tristemente famosos golpes de estado. Pienso que ahora, aunque también por otras razones, puede sentirse seguro. Pero es bueno hacer ver lo que uno considera un error.

            En acto celebrado recientemente en el Palacio Nacional de la Cultura, el Presidente manifestó su agradecimiento a los 415 médicos cubanos que han prestado servicio en este país. Luego, se manifestó admirador de la Revolución Cubana y, en especial, del Ché Guevara. Y patentizó su deseo de agradecer la ayuda personalmente al compañero Castro, a quien respeta y admira.

            El coordinador de la brigada médica cubana, que está trabajan en Guatemala desde noviembre de 1998, dio datos que justifican sobradamente este homenaje. A mi me parece espléndido. Lo que veo fuera de lugar es manifestar sentimientos personales. Cuando un personaje constituido en autoridad está hablando oficialmente, me parece que los sentimientos personales vienen sobrando. Aclaro  que los respeto, aunque no los compartiera. Pero estoy en desacuerdo en que se manifiesten en un acto oficial; sobre todo, y éste es el meollo de la primera parte de este comentario, siendo algo tan conflictivo como Castro y la Revolución Cubana.

            Porque hay cosas que pueden decirse tomando café, pero no es un acto oficial. Me refiero ahora a un comentario desafortunado de otro personaje público –me parece que un ministro- quien señaló el contraste entre el trabajo de los médicos cubanos, con lo que hacen los médicos nacionales, que –según resaltó- no están dispuestos a prestar esos servicios en los lugares más apartados del país, a pesar de que se les ofrecen sueldos sustanciosos. Esto me parece no ya imprudente, sino injusto. Y que requeriría una disculpa pública con todo el gremio médico. Y aclaro por qué.

            Desde chiquito aprendí que las comparaciones son odiosas. No minimizo el trabajo de los cubanos. Sinceramente lo agradezco. Pero vamos, si no a comparar, a dejar claros algunos puntos. El punto previo quizá es que los voluntarios cubanos, no lo olvidemos, se realiza dentro de una gran empresa estatal que es el Estado Cubano. Trabajan para el Estado, a él sirven y ante él hacen méritos. No sabemos cuan forcivoluntario es su trabajo; posiblemente vienen a gusto, pero indudablemente no saben qué pasaría con su trabajo y sus  ascensos dentro de la gran empresa estatal, si se negaran a venir. Ocurre como con ciertos ofrecimientos de horas o trabajos extras, en algunas empresas: quien no los acepta, mejor busca otro trabajo. El problema es que en Cuba no hay más que una empresa.

Estos hombres vienen solos. Su sueldo, según tengo entendido, lo recibe allá la familia; aquí les dan, al menos, casa, comida, llamadas a Cuba. Todo ello está bien, pero la verdad es que tienen ventajas, al menos no pierden. Pero para los nacionales es otra la situación, lógicamente: tendrán un sueldo, del que saldrá todo; incluidos los gastos de la familia, que se la llevará también a esos lugares. Además, también razonablemente, los cubanos vienen por uno o dos años. El nacional, se va a echar raíces: es situación totalmente diversa. Los cubanos vienen con aureolas de héroes; incluso me comentaba un médico, que al regresar aprovechan para llevarse cosas que no pueden conseguir allá (electrodomésticos, videos, etc.).

Insisto en que agradezco el trabajo de los cubanos. No pretendo empañar con estas líneas sus indudables méritos. Pero resolver de modo estable el problema de que los nacionales –médicos y cualquiera- quieran irse al interior de la República, no se consigue con comentarios negativos e injustos. Hay que examinar el problema en toda su amplitud. Y no olvidar, cuando se está constituido en autoridad, que no todo lo que se le ocurra a uno se puede decir. Al menos en público.

 

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