LA VIOLENCIA COMO SISTEMA
Estamos ante un tema muy complicado, aunque tiene pistas de aproximación que pueden ayudar. Quizá lo primera es que para huir de la violencia hay que reconocer la verdad. Llamar las cosas por su nombre. Porque es un buen servicio a la paz, cuando se dice claramente que el que emplea la violencia se pone al nivel de los animales. No digo que lo sea, porque nadie puede renunciar a su naturaleza, pero está actuando como un animal. Todos lamentamos sinceramente todo lo que ha sucedido en estos días, comenzando por las muertes de víctimas inocentes como es la del periodista Martínez y otras dos personas.
No me quiero referir aquí sólo a los vándalos que saquearon comercios en días pasados. Ahí el tema es claro: faltó fuerza pública que interviniera. Y sobraron declaraciones de autoridades que irresponsablemente incitaban a la violencia al asegurar que no intervendría el gobierno. Me refiero ahora a quienes propagan la cultura de la violencia. Hay que profundizar en el tema.
Lo primero que ayuda a la vida de la sociedad el desmantelar falsedades. O complejos, que es lo mismo. Uno de ellos, es el de “la violenta Centroamérica”... Hace falta mano dura, solo así la gente entiende... Esta idea es falsa y hace daño el que sea socialmente admitida. Cada país tiene su historia y sus historias... y basta lo que uno aprende en la escuela para ver que todos estamos hechos de la misma pasta. Y la nuestra no es peor, definitivamente. Un testigo de excepción, Juan Pablo II, se refería nuestra historia reciente no hace mucho, en Nicaragua y ponía el dedo en la llaga: “Hace 13 años, parecía que tú, Nicaragua, tú América Central, eran sólo un polígono de tiro de las dos superpotencias de la época”. Nosotros no armamos la guerra: como alguien comentaba, pusimos los muertos.
Cuando se afirma que aquí lo que hace falta es presionar con violencia, solo así van a entender, retrocedemos varios siglos. Es ir a aquella época en que se pretendía que la verdad había que imponerla, aunque fuera con la violencia.
Los
que, en estos días, alteraron previamente el orden público, aunque digan que
actuaron pacíficamente, pusieron la ocasión de oro para la violencia. Porque
ocupar calles, quemar llantas, colocar clavos, hacer manifestaciones no
autorizadas, son violencia. No sólo quemar camionetas. Los que alteran el orden
en las calles, aunque piensen que tienen razones, están en una postura
absolutamente equivocada. Y si no se dice por todos –comenzando por los medios
de comunicación- que están haciendo algo repudiable, se está haciendo un pésimo servicio a la sociedad. A la larga y
a la corta. Es caso similar al de los tristemente famosos linchamientos:
al no calificarlos de asesinatos y con una sospechosa condescendencia se apele
a la sed de justicia, inoperancia de la justicia, se hace un daño
a la sociedad.
Hace poco ocurrió algo similar. Estudiantes que se creían autorizados para golpear, desnudar a un ladrón, calificados casi de héroes.. Y lo peor, es que cuando un Ministro ante este hecho sólo dice que sigue vigente la ley anticapuchas... está confundiendo, porque esa ley podría derogarse: es lo de menos. Pero golpear, jamás. Aunque sea a un ladrón. Esto hay que decirlo. Si no, no lamentemos la violencia que nos aqueja...
Otra cosa es emplear la represión justa por parte de la autoridad. Por ello, es un daño también a la paz y a la convivencia cuando no se emplea en su debido momento la fuerza pública: pienso que es una negligencia de la que se podría pedir cuenta legal a quienes no la emplean en su debido momento, por acudir a politiquerías del siglo pasado.
Cómo se arreglan los problemas, lo sabemos todos. Primero confiando en la gente: estamos en un mundo racional. Tenemos capacidad de entendernos. Es la única forma a que a un siglo de violencias pasemos este siglo al diálogo, a entendernos como seres racionales. Y tener claro que para las actuaciones públicas hay que respetar el Estado de Derecho: una actuación al margen de la ley –aunque sea un pacífico obstaculizar el tráfico-, es ya violencia. Y la violencia no sirve ni para vencer y menos para convencer. De la violencia sólo se engendra más violencia.
Lo que sucedió fue
bochornoso, pero el diagnóstico y la solución son claros. Los que
protagonizaron los sucesos fueron unos pocos; la mayoría –basta ver alrededor-
lo que deseamos es trabajar y seguir construyendo la paz. Hay que seguir
adelante.