NECESIIDAD DE UNA POLITICA FAMILIAR EN GUATEMALA

             Suecia se ganó bien su fama de permisivismo moral. Los datos, ya desde hace años, señalaban los efectos negativos del divorcio sobre la estabilidad psicológica de los hijos, sobre sus resultados escolares y la frecuencia de embarazos en la adolescencia. Según Jan M. Hoem, profesor de Demografía de la Universidad de Estocolmo, cada año se separaban alrededor de 30.000 familias suecas con hijos, lo que afecta a unos 50.000 niños. El estudio del profesor Hoem, publicado en el Välfärdsbulletinen (Boletín de Bienestar) destacaba ya entonces los peores resultados escolares de los niños que viven sólo con el padre o con la madre, en lugar de vivir con los dos.

            Pero están preocupados y hay signos de que están dando marcha atrás. Una noticia reciente, señala que el Ministerio de Educación quiere poner en marcha una nueva materia –la Social Kompetens-, para impartir a los jóvenes valores cívicos, éticos o morales que se requieren para edificar  una sociedad equilibrada y pacífica. Se ve que van llegando a algo que cada vez se hace más evidente: una sociedad sin valores está llamada a colapsar, incluso como democracia. Precisamente la conexión necesaria entre valores y sociedad, es el tema que se desarrolló recientemente en otra instancia absolutamente diversa de la sueca.

                        Me refiero a un mensaje de Juan Pablo II a la asamblea plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, realizada el recien pasado 26 de febrero. Afronta precisamente el argumento «democracia:  realidad y responsabilidad». Esquematizo a continuación las ideas, que nos interesan sobremanera a todos, aquí y ahora.

Valores y democracia. Una democracia se mantiene firme o se viene abajo en virtud de los valores que encarna y promueve. Por ello, si la actividad política no es guiada por una verdad última y superior «se puede manipular fácilmente la ideas y convicciones» con la sed de poder. La verdadera democracia no se basa en un «relativismo intelectual» que determina la verdad en virtud del parecer de la mayoría o de las modas políticas y culturales, por el contrario, hunde sus raíces en esos valores morales «universales e inmutables». Por supuesto, sin aceptar extremismos o fundamentalismos que, en nombre de una ideología con pretensiones «científicas o religiosas» reclamen el derecho de imponer a los demás la propia idea de lo que está bien y lo que está mal. La base es necesariamente reafirmar la dignidad de la persona humana, defendiendo su libertad y sus derechos. 
El termómetro de la salud democrática. Es la participación de sus ciudadanos en la vida pública. Las unidades «sociales más pequeñas» como pueden ser los grupos étnicos, las familias, los individuos.. no deben ser absorbidos anónimamente en conglomerados más grandes, perdiendo así su identidad y prerrogativas. 
Subsidiariedad. El Papa no  hizo más que pedir la aplicación del principio de
subsidiariedad, que exige a las comunidades de orden superior el que no se entrometan en la vida interna de las comunidades de orden inferior, sino que más bien las ayuden a coordinar su vida con la del resto de la sociedad. La opinión pública tiene que ser educada en la importancia del principio de subsidiariedad para la supervivencia de una sociedad auténticamente democrática, añadió.
Política familiar. Para completar estas ideas, no olvidemos que las sociedades se hacen y se recuperan, en tanto se recupere el concepto originario de familia como comunión de personas fundada sobre el matrimonio. Por ello, una adecuada política familiar por parte del gobierno, es urgente. Ahora, en Guatemala. 

 

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