EMPRESARIOS MIOPES Y… NO MIOPES

            Tenemos una marcada tendencia a solucionar los problemas con leyes, reglamentos, hasta con códigos. El más reciente ejemplo –el Código del niño-  fue lo que alguno calificó de pretensión demencial: solucionar  los problemas familiares con leyes, policías y tribunales. Recordé una frase que atribuyen a Churchill, el gran político de la Segunda Guerra Mundial: lo que falla ordinariamente en la sociedad no son las estructuras sino las personas.

            Una de esas fallas de la sociedad se reflejaba en una entrevista publicada en Siglo 21: la brecha de la relación obrero patronal. Los titulares reflejaban bien las posturas: “Las empresas no son casa de beneficencia” decía el empresario; y el sindicalista: “hay una depauperación del trabajador”. No pretendo analizar aquí las entrevistas; si que las empresas no son casas de beneficencia.

            Frase que es correcta… si se matiza. Porque una correcta política social no es un lastre para la empresa. Actualmente empiezan a usarse índices para evaluar cómo tratan a sus empleados las empresas que cotizan en Bolsa. Diversos estudios llevados a cabo, sobre todo en Estados Unidos, confirman que las empresas que tratan bien a sus asalariados atraen la confianza de los inversionistas.

            Pero hay más. La ética del directivo, va más allá del utilitarismo. Para ser un buen líder empresarial, no basta lograr hacer subir el valor de las acciones de su compañía. Por supuesto es pésimo empresario el que considera a sus empleados como instrumentos de usar y despedir. Cada vez se abre paso mas firmemente la idea de que la rectitud ética es cualidad imprescindible para el directivo. Es quien se preocupa de que sus empleados crezcan con su empresa y, muy en especial, se preocupa del crecimiento en valores de su personal. El tema es profundo: no es sólo que estén contentos y no se vayan a otra empresa. Quizá clarifique otra frase, también atribuida a Winston Churchill: Si tu eres un ciudadano ejemplar, si pagas tus impuestos, si trabajas responsablemente, pero no haces que nada mejore, eres un pillo; no hubo nada en tu existencia que justificara tu vida.

Es necesario que la ética deje de ser la invitada clandestina en

una práctica utilitarista, para pasar a ocupar el lugar de honor que le corresponde. El compromiso del empresario es también  con el crecimiento de las personas. Es lo menos que le debe a la sociedad en la que vive y de la que está viviendo. Los buenos empresarios ven en los individuos un valor intrínseco, más allá de su contribución tangible como trabajadores. Son conscientes de la enorme responsabilidad que supone fomentar su crecimiento personal, e intentan elevarlos moralmente.

            Si no se logra esto, aunque subieran los salarios –que deben subir…- la gente seguiría "viviendo en la miseria", la peor miseria que es la de no dar valor al trabajo, al sacrificio, al esfuerzo por mejorar o al servicio a la familia, los amigos o la sociedad.

Volviendo al comienzo de estas líneas. Las empresas no son casas de

beneficencia, pero los empresarios conscientes deben preocuparse no sólo en ser ellos éticamente correctos, sino en ayudar a que el personal a su cargo crezca en valores. Para mejorar la empresa –y, con ellas, el país– necesitan invertir en las personas. Capacitar en lo técnico y, simultáneamente, en adquisición de valores. Este último punto es vital: los empresarios que no son miopes se dan cuenta que no puede ser ajeno a la empresa el como enfocan los empleados temas como: su ddesarrollo y motivación personal; el matrimonio y familia; la relación trabajo-familia; la ética en el trabajo, sus actitudes ante la comunidad, etc., etc.

            Se trata de conseguir la buena marcha económica del país. Pero simultáneamente hay que conseguir que seamos mejores: esto es, mejorar en valores, Y aquí el empresario tiene un papel de líder. Tiene que conseguir que haya un trabajo bien hecho; y para ello es preciso que la gente sea feliz en sus hogares y en sus comunidades. Y no puede esperar que el Estado haga todo esto: sería pedir demasiado. Y muy miope.

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