DENVER: LECCIONES DE UNA MATANZA 

            La matanza provocada por dos estudiantes, al parecer neonazis, en una escuela secundaria de las afueras de Denver, se muestra como algo irracional. Podríamos quedarnos en esto; o, como pretenden algunos personajes, achacarlo al azar: aquí no pasa nada, no hay epidemia. En esta línea, están los millones de dólares en controles antimetales. El problema es que si pasa algo. No hacen falta investigaciones de la Fiscal General Reno. O puede hacerlas, pero que las oriente bien.  Porque invocar lo irracional o falsas razones, no sólo no arregla nada, sino que deja el mal oculto; y, consiguientemente, su peligrosidad. Invocar sólo lo patológico no explica nada. Y las apelaciones a la irracionalidad no ayudan. Veamos algunas conclusiones, que pienso son de sentido común. 

            La primera es que, al enfocar hechos de violencia, no debemos deslizarnos sin cautelas por las interpretaciones de tipo sociológico. Un ejemplo es vincularlas a la marginación y a la pobreza, pues estas explosiones de violencia están proliferando en la sociedad más desarrollada de la Tierra y no necesariamente entre sus miembros más desheredados.

            Otra conclusi\n ha sido ampliamente comentada. Me refiero a la influencia los medios de comunicación. Es cierto que existe una agresividad, más o menos latente, del hombre contra el hombre; pero para llegar hasta matanzas como la de Denver hay que recorrer un largo camino.  Y parte de este camino lo facilita la presencia cotidiana de la violencia en las pantallas de televisión y la exaltación de las exhibiciones de fuerza. Y un resurgir del nazismo y de otras apologías de la violencia frente a la racionalidad, al socaire de una torpe y mal entendida tolerancia. Es cosa conocida la cantidad de sitios en la web que facilitan y hacen apología de la violencia, fabricación de explosivos con medios caseros, etc.

            Quizá la misma escuela, testigo mudo del crimen, nos da una de  las principales claves de la violencia desatada. Pues no puede residir su explicación radical sino en la crisis de los valores que han de orientar la vida humana. Una errónea pedagogía, que basa la acción educativa en la exaltación de la espontaneidad; y una deficiente teoría moral, que cifra el ideal de vida también en la pura espontaneidad y en la mera autenticidad tienen, sin duda, mucho que ver. La violencia, el mismo totalitarismo, es engendrado no simplemente por ideas violentas, sino más bien por la falta de ideas morales. Una democracia sin valores, se convierte con facilidad en caldo de cultivo de ideas totalitarias y violentas. El valor de una sociedad solidaria, no violenta, democrática, se mantiene o cae con los valores que encarna o promueve. No hace mucho tiempo se enseZaba en muchas Universidades americanas una filosofía que propugnaba la desinhibici\n de la conducta y denunciaba el car<cter represivo de toda moral. Esto es, sin duda, parte del camino que nos ha traRdo a la tragedia de Denver.

      Y hablando de valores, uno de ellos es la familia. Cuando la familia colapsa, la sociedad se hunde tambiJn, a la corta o la larga. Porque  todas las virtudes humanas y de la convivencia -el respeto mutuo, la capa­cidad de dialo­gar, la obediencia a la autoridad, la sobriedad y labo­riosidad, etc.-, se generan a par­tir del ndcleo de la familia. La familia se nos presenta, por este motivo, como la cJlula b<­sica de la sociedad o, mejor adn, como el alma de una cultura de vida. Posiblemente, esta es la enseZanza b<sica de la tragedia de Denver. Ojal< la aprovechemos todos.

     

           

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