ELOGIO DE LOS GRANDES SINVERGÜENZAS

   Todos somos paparazzi, escribía Pierre Georges en Le Monde, a propósito del trágico fin de Diana y las críticas a los fotógra­fos. Y concreta: ni inocentes ni hipócritas. Todos somos paparaz­zi, o sus clientes de ocasión. Estamos con el ojo pegado al visor del papa­razzo, en el ojo de la cerradura. Mirar y condenar, desde lue­go. Pero prime­ro, mirar; y luego, condenar.

   Cuesta reconocer las responsabilidades. Es como el chiste del chinito del avión. Iban en él gente de varias nacionalidades. Fa­lla el avión y piden vo­lun­tarios que se tiren y des­cargar peso. El primer volun­tario es un francés que entona la marselle­sa... Y se tira. Así sigue: un ale­mán, se tira por en honor de su país. Al final solo quedan el chapín y el chinito. Cuando llega el mo­mento, el chapín entona "Guatemala fe­liz...", Y... Tira al chino.    Reconocer las propia responsabilidad sin escurrir el hombro, parece sólo para los niños bue­nos, pero resulta que es un necesa­rio también para uno y para la buena marcha de la so­cie­dad. Si no se reco­noce que uno es quien hace cosas malas de acuerdo a valo­res intangibles, acaba en de­nun­cias, escla­recimientos y echar culpas a otros.  Recuerdo,a este propósito un comentario diverti­do.­ Se trata de reconocer el gran servicio que pres­taron a la socie­dad unos perso­najes, siendo unos grandes sinvergüenzas.Ahora los  echamos de menos. Veamos, dos personajes muy conoci­dos.

   Uno es Felipe II. Parece ser que no era tan seco y adusto como lo pintan. Era amante de la buena mesa, del buen vino y disfrutó de las mujeres hermosas. En muchas de estas cosas no actuaba según sus convicciones más profundas. No era lo que hoy se diría, au­tén­tico, al menos en ocasiones. Pero recono­cía errores, se confe­saba según sus prin­cipios reli­giosos... Recti­ficaba lo que no iba con esos principios, que mantuvo a pesar de todo. Se le po­dría calificar de un gran sinvergüenza, en lo que a nues­tra histo­ria se re­fie­re.

   Su colega Enrique VIII tuvo más problemas con las muje­res, tam­bién en contra de sus convicciones más profundas. Pero como no quería dejar de ser auténtico, como no quería obrar en contra de sus con­vic­ciones, decidió cambiarlas y convertir en honesto lo que deseaba. Es histo­ria conocida: se casó y divorció bastantes veces, y para ello tuvo que renun­ciar a sus valores más sagra­dos. Arrastró consigo a toda una so­ciedad: y la dejó sin esos valo­res. Que un hombre se porte en contra de sus principios, pero de­jando esos principios donde estaban, está mal. Pero dice bastante en favor de ese hombre: podrá volver a los principios. Podrá rec­tifi­car. Es el caso de felipe ii, que no tocó sus princi­pios. Y de alguna manera, los dejó in­tactos para los de des­pués. Esto también es un ejemplo muy saluda­ble para una sociedad: saber cuan­do obra mal y saber cuando debe rectificar.

   Lo malo es lo de Enrique: necesitó, para justificarse, cam­biar todo el rumbo de un reino, hacerse una iglesia en la que él man­dara y que bendijera sus diversas aventu­ras. Es un ejem­plo de un camino pésimo. Suprimir los principios, los valo­res, para no tener que avergonzarse. Camino realmente có­modo, pero que lleva consigo no sólo que ya no se hace el mal, si­no que ya no hay bien. Ninguna acción es reprobable, pero nada es enal­te­cible. Se dan entonces sociedades -en parte es nues­tro mal- en que todo es in­diferente. Cuando todo es indife­rente, hom­bres y pue­blos se estancan en esa terrorífica enfermedad que es el abu­rri­mien­to puro, porque el heroísmo y el riesgo del error son ya imposi­bles. Tenemos que agradecer a los grandes sinvergüenzas -como Felipe II- haber contribuido con su ejemplo a la salud de la socie­dad, y por­que dejaron la verdad, los valores, donde estaban. Así la vida es más apasionante y las sociedades mantienen su cohe­rencia.

Hosted by www.Geocities.ws

1