LIBERTAD CONTRA LAS LIBERTADES

     Hoy en día se da un deseo, correcto, de evitar in­jus­ti­cias contra las minorías, de evitar cualquier clase de favori­tismos. Es parte de lo que ha venido en llamarse guerra a la impunidad. Cosa co­rrecta, pero que manejado sin sentido común, da lugar a injusticias, a verdaderos ataques a la so­cie­dad.

     Esto se ha dado con el caso Alioto. Se ha escrito mucho sobre el tema. Una opi­nión pública indignada por esta con­dena.      Pregunté ingenuamente a abogados si el "caso" era tan absur­do como apa­recía a un no experto en leyes. Y me contesta­ron que sí, pero que con seguridad el caso ya no sería confir­mado en instancia superior. En­tonces me preocu­pé, pues lo peor que puede ocurrir es que sólo se anulen las sen­tencias contra los entonces Minis­tro, Vicemi­nis­tro y Direc­tor de la Policía.

     Y la razón es que si sólo se anula la sentencia, es cier­to que se anulará -como debe ser- una injusticia. Pero hay un daño ya hecho a la sociedad, a la misma seguridad del Estado, que debe repa­rarse públicamente. De alguna manera, el organis­mo judi­cial debe recti­ficar. No se cómo, pero debe decir a la opinión  públi­ca: nos equi­vocamos, estén tranquilos...

     No se quienes fueron los jueces. Me recuerdan de todas for­mas aquel viejo reproche: te he constituido en autoridad y te has hecho un tirano. Son las peores tiranías. Cuan­do perso­nas en nombre de la justicia -legalmen­te- hacen esta bar­bari­dad, el daño es terrible, porque lo ha­cen en nom­bre de la li­bertad. Hacen unos malabarismos con la verdad, que con­fun­den. Recuerdan las pala­bras de O.W. Ol­mes, aquel poeta norteame­ri­cano del siglo pasado: "La mente del fa­nático es como la pupi­la de los ojos; cuanta más luz recibe, más se con­trae". Confío que no sea el caso de nuestros jueces y rectifi­quen.

     Debe confesarse el error, públicamente, por diversas ra­zones. La primera muchos la han puesto de re­lie­ve: si se sigue la teoría de la cadena de responsabi­lida­des, no hay razón al­guna para llegar sólo al Ministro: debería con­de­narse al Pre­si­dente de entonces. Esta considera­ción no hace sino poner de re­lieve lo absurdo de la teoría. El punto es que no basta anu­lar la sentencia: debe dejarse claro lo falso de la misma teo­ría. Como se señalaba hace poco en estas mismas columnas, es ridícu­lo pretender que un ministro -una persona- se haga res­ponsable del actuar de varios miles de subalternos.

     Si no se confiesa publicamente el error, no habrá en ade­lante quien mueva un dedo en defensa de la ley. No digo que no pueda y deba juzgarse al que abusa de la autoridad, como pu­diera haber sido el caso del policía, pero no de las autorida­des supe­riores. Esa confusa "cadena de responsabilidades" es una aberra­ción lógica, que maniata a cualquier autoridad. 

     Si no se confiesa públicamente el error, se ocasionará un gran debilitamiento a la gobernabilidad del país. Posiblemente se hará difícil que cualquier persona sensata -honrada- asuma el riesgo de aceptar un ministerio, si sabe que le pueden im­putar los he­chos -que no haya ordenado directamente- de cual­quiera de sus subalternos.

     Si no se confiesa públicamente el error, la confianza de la sociedad en el imperio de la ley quedará muy debilitada, porque no hace falta ser abogado para percibir una absoluta incoherencia en esta sentencia.

     Si no se confiesa públicamente el error, habrá un recru­deci­miento de la violencia, porque cualquier autoridad poli­ciaca cui­dará no ya del orden público, sino fundamentalmente de "sus es­paldas" ante el organismo judicial.

     Por mi parte, como todos, lamento la muerte del estudian­te. También la del policía, de la que casi no se habla. Y tam­bién estoy de acuer­do en que se haga un juicio cuando se da un he­cho como este, pero investigando y procediendo con seriedad.

     Ahora lo que procede es confesar el error de esta senten­cia. Por el bien de todos.  

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