UN PROBLEMA: MUJER, FAMILIA, EMPRESA. ¿O
TRES?
Recientemente (marzo 1997) la revista Fortune
dedica un reportaje, de Betsy Morris, a poner de relieve los problemas que encuentran
muchos padres para conciliar familia y trabajo. Narra el testimonio de una psicóloga
que trata a padres y madres muy ocupados: "Cuentan que si trabajan menos
de 50 horas por semana, no hacen lo que les corresponde". Por otra parte,
el excesivo trabajo les crea sentimientos de culpa. Un padre, que apenas ve a
su hija de 7 años, cuenta a Morris el dolor que tuvo cuando, excepcionalmente,
fue a recogerla a la escuela. Al verlo, un compañero de clase dijo a la niña:
"No sabía que tuvieras padre".
El problema podría resumirse así. Atender a
la familia se ha vuelto muy complicado, ahora frecuentemente trabajan fuera de
casa el padre y la madre. Los niños necesitan mucha atención, y los padres aptitudes
acrobáticas para cuidarlos y dedicarse a la profesión. Algunos tiran la toalla,
renunciando a tener hijos o a seguir la carrera. Quienes quieren compaginar
ambas cosas buscan remedios prácticos, pero no siempre las empresas los
facilitan. Se empieza a pensar, a nivel mundial, que es preciso revisar la
manera de concebir el trabajo. Porque si la familia se tambalea, se tambalea
la sociedad; y de paso las empresas.
Según los datos de una encuesta realizada en
1995 por Eli Lilly, farmacéutica multinacional norteamericana, sólo el 36 % de
sus empleados decían que es posible ascender si dedican a la familia el tiempo
suficiente. Por supuesto, Lilly es una empresa inteligente y desarrolla -por
eso hace estas encuestas-, una política favorable a que los empleados
puedan cuidar sus familias. Saben que así no sólo "favorecen a las
personas o a sociedad ", sino, a la larga -¿a la corta?-, también
"a la empresa".
Frecuentemente la carrera puede perjudicar a
la familia, a causa del estilo de trabajo de algunas empresas "modernas",
en funcionamiento las 24 horas del día, no por un eficiente sistema de
trabajo, sino por el simple sistema de quemar a sus empleados. En ellas
"el empleado ideal es el que siempre está disponible. Para este tipo de
empresas el héroe es el que está siempre libre para viajar en cuento se lo pidan,
no el que "tiene que ir a casa" para atender a su familia. En este
mundo en que el trabajo se ha convertido en unas fauces insaciables que
devoran todas las horas del día -y también muchas de la noche-, el trabajador
modelo es el que más puede dar de comer al monstruo".
En meses pasados, Dayly Telegrafh, de
Londres, ha publicado reportajes sobre mujeres, profesionales brillantes, que
han abandonado total o parcialmente el trabajo fuera del hogar para atender a
sus hijos. El mensaje es que lo hacen a sabiendas y con orgullo, aunque su
decisión no sea comprendida por algunas personas o empresas miopes. Las
antiguas tesis feministas (el hogar como cárcel de la mujer) ya no hacen mella en muchas
mujeres, que no quieren perder la oportunidad única de estar con sus hijos y
cuidarlos personalmente, sobre todo cuando son pequeños.
Este complejo problema, podrá resolverse
-caso por caso, cada caso es un caso- con dos condiciones. Una, que, aunque se
tenga que trabajar fuera, haya convencimiento de que el trabajo de la
administración doméstica -incluida la atención de los hijos-, es un trabajo
del más alto nivel profesional y que debe tener el reconocimiento de la
sociedad. Y la segunda, luchar por corregir la actual concepción laboral y
remodelar los puestos de trabajo en función de las necesidades de la familia.
Mientras se siga catalogando el hogar simplemente como "ocio
improductivo" -y no la base sobre la que la persona se desarrolla y puede
trabajar- el trabajo y la vida familiar serán dos mundos separados que las
mujeres -!y los hombres!- difícilmente podrán habitar a la vez.