EL BANCO MUNDIAL ELIGE LA LIBERTAD DE ENSEÑANZA
Me contaban de un amigo de
un Ministro de Gobernación fue a verle con la pretensión de que debía
privatizar la policía. Pasó el tiempo y, cuando salió de nuevo el tema, el
Ministro le preguntó si seguía pensando igual. Y su amigo le contestó que ya no
hacía falta que se preocupara del tema, porque ya estaba privatizada: bastaba
pasear por la ciudad para ver que la mayor parte de la vigilancia la realizan
ya cuerpos privados de policía. La historia requeriría muchas matizaciones,
pero sirve para iniciar el tema.
Hablamos de toda una
mentalidad estatalista que ha ido cediendo en todo el mundo. Incluso en Europa.
Allí sí que son maestros del tema, al menos desde hace una par de siglos. Sobre
todo partir de Napoleón comienza una concepción del Estado que precisamente es
calificado de “napoleónico”.
El Estado se hizo el árbitro
de todo. Dirige toda la cosa pública: y si acaso cede algo a otros grupos eso
es considerado una concesión que debe regirse por lo que el Estado determine.
Es la consolidación de Estados poderosos que, en nombre del bien del pueblo,
hace con él lo que desea, lo que le parece bueno.
Es ignorado el principio de
subsidiaridad, en virtud del cual las sociedades mayores -por ejemplo, el
Estado- no deben intervenir en hacer aquello que puedan hacer las sociedades
menores: por ejemplo, la familia, las asociaciones de padres, etc.
Es una mentalidad y una
concepción de Estado que se ha metido hasta en los menores detalles. Todavía
recuerdo hace algunos años apareció el Presidente en la TV amenazando con
quitar el permiso a determinado medio de comunicación. Más o menos venía a
decir: el gobierno te da el permiso de salir al aire, puedo quitártelo. Y uno
se planteaba quien habría dado al gobierno el dominio del aire, de las hondas
de radio o TV. Es cierto que debe regular para mayor eficacia, por supuesto,
pero no dar permiso. Es como si el permiso de movilizarse dentro del país lo
diera el Estado, por el hecho de que tiene obligación de hacer las vías de
comunicación y que estén debidamente ordenadas.
Centrando el problema, el
servicio público, tal como se ha concebido históricamente -sobre todo en los
dos últimos siglos-, se identificaba con empresas que, a menudo en situación de
monopolio, suministraban bienes y servicios esenciales, sujetas a regulación
estatal con el pretendido fin de que operasen en el interés público.
Pero esa concepción ya no se
mantiene, dicen los expertos; aunque sigue siendo necesario garantizar el acceso
de todos los ciudadanos a los servicios básicos -como el correo, el transporte,
la energía, el agua y las comunicaciones-, así como asegurar que estas
prestaciones se ofrezcan a un precio asequible, y que se distribuyan de una
manera ordenada por todo el territorio nacional. No son sólo razones económicas o de eficiencia lo que aconseja
este colocar al Estado en su verdadero lugar. Hay de por medio razones de
fondo, de la misma concepción de la vida. Porque no es lo más grave para la
sociedad que les toquen el bolsillo. Hay cosas peores.
Nuestros antepasados
liberales, siguiendo una concepción “napoleónica” del Estado, determinaron que
la educación debía ser suya: por supuesto dejando de lado a la familia. Con
excusas de “perseguir el bien común”, la “democratización de la enseñanza” impusieron
una política en contra de los derechos natos de la sociedad. Incluso han
conseguido que, con frecuencia, principios tal elementales como es el derecho
de los padres a la educación de sus hijos hayan sido olvidados por muchos
ciudadanos que, frente al poder del Estado, acaban por acostumbrarse -cómoda e
irresponsablemente- a ese intervencionismo, renunciando al deber de ejercer
efectivamente ese derecho (porque hay derechos que son deberes).
Se ha llegado a la caricatura
del recto orden de la sociedad de entender el derecho de los padres
-lógicamente asociados como lo deseen- como una “concesión” del Estado, que
permite la existencia de estos centros educativos casi como un mal menor, ante
la imposibilidad práctica de abarcar todas las necesidades por medio de
organismos oficiales. En definitiva, el polo opuesto al papel subsidiario que
en realidad corresponde al Estado.
En esta línea, aun sin
citarlo expresamente, está un reciente documento el Banco Mundial, sobre
Prioridades y Estrategias. En él se insiste en la libertad de elección de
programas y de contenidos y una mayor atención a las especificidades éticas y
religiosas de cada grupo social; una mayor autonomía de los institutos para
adaptar los programas a las exigencias locales. Todo ello dentro de una
competencia leal y pluralista entre escuelas públicas y privadas, con una mayor
intervención de las familias y en impulsar sistemas innovadores de
financiamiento (bonos escolares, préstamos a estudiantes, subvenciones a
escuelas y universidades privadas). Este
documento es muy importante porque apuesta fuertemente por la libertad de
enseñanza y la protección de los valores éticos y religiosos, necesariamente
anclados en la familia.
Para terminar viene bien
recoger una de las conclusiones del Encuentro Familia y Economía, en Roma
(abril de 1996), presidido por el premio Nobel de Economía Gary Becker de la
Universidad de Chicago.
“Los padres deberían
tener la libertad de escoger una forma de educación para sus hijos que esté
de acuerdo con sus propios valores”.
“Para adquirir un control
de padres en la educación, las familias tienen que estar libres del peso
financiero de la educación. Algunos medios prácticos son: un sistema
de garantías, deducción de impuestos para los padres, becas privadas y
prestamos a los estudiantes”.
“Las familias deberían estar
involucradas directamente en la toma de decisiones en la educación de
sus hijos en todos los colegios. La participación de los padres en la educación
puede desarrollarse a través de una
inversión de los padres en los colegios, colegios propiedad de los profesores y
una administración descentralizada”.