CLINTON, LA PRENSA Y NOSOTROS
El 24 de enero, The Economist resumía que el único peligro para Clinton es que lo condenaran por obstrucción a la justicia. El 26 de enero, un día antes de que Clinton pronunciara su sexto discurso sobre el Estado de la Unión, Alejandro Muñoz-Alonso hacía en ABC de Madrid un resumen de lo que, según él, era la opinión mayoritaria. Con independencia del desenlace jurídico del asunto, lo que ya parece inevitable -afirmaba- es el daño definitivo e irreversible a la imagen de Clinton y al sentido y significado global de su presidencia. Señalaba que sus aventuras sexuales, más sórdidas que románticas, podrían probarse o no pero la opinión pública americana y la internacional no va a dejar de tomar nota de lo que parece ser una pauta de comportamiento habitual del actual inquilino de la Casa Blanca. Nos muestran un personaje dedicado a perseguir jovencitas y a hacer llamadas telefónicas obscenas, en vez de dedicarse a los pesados deberes del cargo. Todo bastante triste y deprimente, concluía.
A los pocos días: el 72% apoyaba a Clinton. En todo esto, en algo no cuadran las cuentas. Parece haber ideas distorsionadas. Intento ponerlas en claro, como yo las veo.
_ No me cuadra el panorama que se nos presentó de una opinión pública moralizadora, precisamente en una sociedad donde han ido deshaciendo su estructura moral: aborto, divorcios, niños sin familia, pornografía... No se explica bien porque la opinión pública se escandaliza de lo que hace el presidente, cuando parece ser eso el plato ordinario que se le presenta al norteamericano medio, al menos a través de los medios de comunicación.
_ No me cuadra esa intromisión en la vida privada de un personaje público, sin valorar que más daño hizo Clinton favoreciendo leyes pro aborto que -si fue verdad- persiguiendo secretarias, que por cierto, ya se les habían caído los dientes de leche hacía bastantes años: sabían bien lo que hacían.
_ No me cuadran unos medios que con la excusa de moralizar, airean aventuras sórdidas: se supone que las condenan, por eso esa misma prensa las publica como "escandalosas". Pero están haciendo un gran daño a esa misma sociedad. Las historias escandalosas, la primera vez quizá asombran -aparte de que gusten o diviertan-. Después, a costa de airearlas, terminan pareciendo normales unas conductas "desmoralizadoras". Y esto influye en los niños, en los jóvenes... y en los viejos.
_ No me cuadra la hipocresía de pretender que les importe la vida moral del presidente, cuando en realidad lo que quieren es dañar su imagen política. Esto podría ser legítimo, pero no presumiendo de un puritanismo (presumir de pureza, limpieza), en el que ni creen ni intentan practicar.
_ Clinton no es santo de mi devoción. Si se va, enhorabuena. Pero no se puede dar por seguro lo que sólo es posible o probable, mientras no se pruebe. O presumir que alguien es culpable mientras no demuestre que es inocente. Esta era la pauta de la mayoría de los artículos de opinión en este tema. Y la verdad es que cualquiera tiene derecho a su honra como a su vida.
Aunque se trate de personas públicas, un mínimo de prudencia exige no airear asuntos hasta que se comprueben. Ya pasó el tiempo del circo romano, donde se echaban a los leones, según gritara el pueblo. Pero aquí no es el pueblo, sino los que manejan los titulares de medios de comunicación.
Aquí sólo pretendo despertar un sano juicio crítico ante las campañas publicitarias. Y esto cuanto más ruidosas sean...