NIÑOS ANGELICALES. Y ADULTOS... ¿QUÉ?

Todos estamos de acuerdo en que hay que cuidar a los niños, protegerlos. El problema comienza cuando se profundiza en cómo y de qué hay que protegerlos. Según unos bastan las declaraciones de principios; otras, por el contrario, afirman que los niños maman lo que ven a los adultos. Hay quienes piensan que hay cosas sólo para adultos; otro decía que lo que mancha a un niño, mancha a un viejo. La misma persona comentaba que, a algunos, la edad sirve para hacer las mismas tonterías que de pequeño, pero con mas solemnidad. En fin, es una cuestión de interés para todos. Tanto como la violencia, la droga, la desintegración familiar; tan importante como el hecho de poder hacer, como insiste desde hace más de un año Juan Pablo II, una civilización del amor cara al tercer milenio.

Me venía a la cabeza lo anterior, al leer un despacho de Ben Kobus, desde Londres (oct. 2, 1996), a propósito de una desgraciada exposición fotográfica de un homosexual. Narra las protestas, y cómo la Hayward Gallery decidió retirar unas fotografías calificadas como pornografía infantil. Por supuesto, dejaron otras muchas que no eran arte, sino pornografía: es decir, destinadas a provocar excitación sexual y a la explotación del cuerpo humano, no a su contemplación estética. Sólo que para adultos.

El británico actual vive simultáneamente en dos mundos ideales: uno de los sentimientos puros e inocentes, que los adultos califican para niños; y otro de hedonismo sin restricciones: para los adultos. Cada mundo con sus propias leyes. Los mismos que califican de "inmoral" mostrar a niños escenas de sexo o de violencia, las exhiben sin cortapisas cuando se trata de adultos.

Se supone que los niños son humanos especiales cuya inocencia hay que preservar. De acuerdo, señala Ben Kobus; salvo que los niños no son seres especiales, sino simplemente humanos. Pareciera que, con el pasar de los años, la naturaleza humana sufriera un misterioso cambio, como efecto de un acuerdo legal. Por este camino bastará adelantar la edad para que todo sea legal, moral. Y habrá presiones en este sentido: basta recordar el hecho reciente de un niño de 12 años que demanda a sus padres ante la Comisión Europea de Derechos Humanos, por darle unas cachetadas.

Se olvidan que los valores de la naturaleza humana -contra los que atenta la violencia y el sexo explícito en los medios de comunicación social- no se crean por convenio legal, y, mucho menos, por voluntad de los individuos. Se olvidan también del valor educativo que tiene el ejemplo de los mayores para con los niños: lógicamente estarán esperando llegar a la edad adulta, para hacer las mismas cosas. No podremos quejarnos de la rebelión, no ya de la juventud sino de los niños, para adelantar su edad de ser adultos. Y harían lo lógico, lo coherente con esta doble moral... incoherente.

Estamos en una aldea global. Todo es interactivo. Pero no olvidemos que la educación de los niños es derecho y obligación de los padres. Estos tienen el derecho, a su vez, que lo que se

ve, lo que se oye, lo público, esté basado en unos valores uni

versales. Hay que cambiar de esquemas: no todo lo que es privado, producido y bajo el poder de entes o personas no gubernamentales

pueden hacer lo que le dé la gana. Es público de alguna manera,

tiene una función pública, y, por tanto, la sociedad puede exigir que se desarrolle de acuerdo con valores universales comunes. Es

semejante a que la empresa que nos trae el agua -si fuera priva

da- dijera que si ésta no es potable, que no se beba. Estamos

ante un problema complejo, pero que debemos resolver. Y se puede.

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