LA SOCIEDAD Y SU VERDADERO DOLOR DE CABEZA
En una encuesta hecha en una aldea cercana a la Antigua se les preguntaba por sus problemas acerca de la familia. Las mujeres colocaban entre uno de los principales -aparte del servicio militar obligatorio que alejaba a los hombres de sus hogares-, el problema del licor en sus maridos. Un problema real, que origina desastres ya conocidos en los hogares.
El comentario que surge fácilmente es: qué mal estamos en Guatemala... Pero un amigo que trabaja en una ONG para el desarrollo, me hizo notar que no es tan correcta esa conclusión. Porque en otros países -algunos desarrollados económicamente, pero que están con un gran subdesarrollo moral- este mismo problema del alcoholismo no incide en la familia, sencillamente porque no la hay. La mujer probablemente no se queja del marido y del daño que hace a los hijos pues no existen ni uno ni otros. Es como quitar un dolor de cabeza, cortándola. No hay dolor, porque no hay cabeza. Mal negocio.
Pero hay aires muy positivos, también en esos países con ese subdesarrollo moral, al que antes me refería. En el mes de junio pasado, en Calgary, Canadá, tuvo lugar la reunión anual de Rotary International, con 26,000 participantes. Su Presidente, Herbert G. Brown, hizo un llamado para que, en todos los países apoyaran la causa de la familia: consagración de Rotary a la familia, es la expresión que utiliza. Y lo justifica así: la razón de ser de Rotary es el servicio a la comunidad; y ésta se encuentra seriamente atacada en su unidad básica, que es la familia. Por tanto, deben dedicarse a revalorizar a la familia. Así se expresa Mr. Brown, basándose no en argumentos que podríamos llamar de tipo eclesiástico, sino en que la familia es un valor humano universal. Y podemos preguntarnos: ¿porqué la familia es la base de la sociedad?
Una razón muy poderosa parte de la idea de que el gastarse en promover el bien de los demás es un bien para cada persona y, evidentemente, para toda la sociedad. Este es un valor universal que debemos esforzarnos por despertar en cada uno de los miembros de la sociedad, si queremos que marche como debe ser.
Y la familia es el lugar natural donde el recíproco sentimiento de afecto y comprensión lleva a que cada persona, se vea aceptada y amada por lo que es. Como una persona única e irrepetible, con sus virtudes y defectos...Querida así, amada y comprendida así, la persona se siente empujada -y no sólo durante su infancia- a corresponder con igual afecto y amor: aprende primero a querer a los demás miembros de su familia y, poco a poco, se expandirá a todas las demás personas.
Por contraste, los que se dedican a ayudar a niños de la calle (niños sin familia) comprueban que, el principal problema que afrontan en su reeducación es que aprendan a conjugar el tú: sólo saben el yo, el defenderse, precisamente porque no han podido tener una familia.
Por esto, combatir la familia -simplemente, no defenderla- es un suicidio para la sociedad. Basta recordar la incidencia que tiene el divorcio, uno de los principales enemigos de la familia. Las estadísticas señalan que los hijos de los divorciados tienen una mayor probabilidad de fracaso en su vida personal y un mayor peligro de incidir, a su vez, en el divorcio. Todo consecuencia de las dificultades psicológicas que el divorcio causa a los hijos. Sale perjudicada la confianza que tienen en sí mismos. Desde el punto de vista de las secuelas psicológicas para un niño el divorcio de los padres es más perjudicial que quedarse huérfano.
Es claro a todos que éste es un problema muy grave, aunque a nadie le sea lícito juzgar ningún caso en concreto. Pero estamos ante algo que afecta a toda la sociedad. Y eso no puede igno-rarse.