IRLANDA Y EL DILEMA DEL DIVORCIO

Posiblemente muchos católicos estaban inquietos por el referéndum reciente en Irlanda: ¿ganarán los católicos o los divorcistas? Y me hizo gracia -y me tranquilizó, he de confesarlo-, el titular de un despacho de prensa, fechado en el Vaticano: "El Sí al divorcio afecta a la familia, pero no a la Iglesia Católica". Es una gran verdad.

También es verdad que fue una victoria mínima, por 10.000 votos, que hace esperar que, una vez bien informados -y formados- los votantes, el resultado pueda revertirse en un futuro más o menos próximo.

Para mientras, un artículo lleno de sabiduría (Mary Kenny en The Sunday Telegraph, Londres, 15 octubre 95) hace algunas útiles consideraciones (pros y contras), que transcribo.

* Por una parte, el Estado no puede hacer feliz a la gente, no puede hacer que los matrimonios funcionen, y no puede obligar a los esposos a seguir unidos sólo porque un día se comprometieron a hacerlo así.

Por otra parte, el Estado obliga a los niños a ir a la escuela, a los automovilistas a tener asegurado el automóvil...por supuesto, todo para nuestro bien. Puesto que el Estado interviene tanto en la sociedad, ¿por qué no debería apoyar la estabilidad familiar, para que los niños conserven a sus padres?

* Por una parte, las personas con matrimonio infeliz se separarán en cualquier caso, por las buenas o por las malas. El 4% de la población irlandesa se ha separado ya -como el príncipe Carlos y la princesa Diana-, así que ¿por qué no ponerles más fácil a ese 4% de personas que se casen de nuevo si lo desean?

Por otra parte, el 90% de los irlandeses siguen felizmente casados, y algunos de ellos temen que sus matrimonios se desestabilicen si se permite el divorcio, como planea el gobierno irlandés.

* Por una parte, es más honrado reconocer que un matrimonio es infeliz, y ponerle fin.

Por otra parte, según fuentes fidedignas, el 30% de las parejas que se divorciarían si pudieran, acaban arreglando sus problemas y siguen conviviendo incluso mejor que antes. Por supuesto felices de que no se les hubiera 'facilitado' el divorcio.

* Por una parte, las mujeres son, en la mayoría de los casos, quienes solicitan el divorcio, y la ley del matrimonio no debería dejar a las mujeres presas en matrimonios infelices.

Por la otra, tras el divorcio la mujer suele quedar en peor situación económica que el hombre; además, los hombres divorciados casi siempre vuelven a casarse, y sus segundas esposas suelen ser, de media, siete años más jóvenes que las primeras (y las terceras, siete año más jóvenes que las segundas...).

* Algunas personas , después de todo, dicen que una buena ley del divorcio favorecerá el matrimonio. Sin divorcio, se empuja a la gente a cohabitar, lo que socava la dignidad del matrimonio.

Y sin embargo, en los países donde divorciarse se ha ido haciendo cada vez más fácil, la cohabitación ha ido aumentando en forma exponencial. Por lo que tener una ley de divorcio no protege al matrimonio de la tendencia a la cohabitación.

En citado artículo terminaba !caramba, qué dilemas los del divorcio!, y finalizaba: la gente tendrá que seguir su conciencia.

Lo que no cita este artículo es que, entre tanto, en la vecina Gran Bretaña, el gobierno planea una reforma legal para reducir la inestabilidad familiar producida por el divorcio. La experiencia que tienen, después de haber liberalizado el divorcio en 1969 es tremenda: en el primer año casi se duplicaron los divorcios y actualmente el 40% de los matrimonios acaban en divorcio. Y los grandes perdedores son, como es sabido, los hijos, la familia -núcleo de la vida social- y en último término, la sociedad entera.

Concluye el despacho de El Vaticano "ninguno, sobre la base de la experiencia, puede negar que el divorcio sea un multiplicador de divorcios, un mecanismo perverso contra la familia. Y como la estabilidad, el bienestar, la armonía de la sociedad se basan sobre la unidad y la armonía de la familia, cuando ésta se ve disgregada, amenazada, los que más sufren son los hijos".

Podríamos terminar estas consideraciones con dos observaciones:

La primera. Todo esto -lo de Irlanda como ejemplo- no es un proceso irreversible; eso es lo que pretenden hacernos creer los profetas de desgracias, los derrotistas de siempre.

Y la segunda, es enmendar el titular a que me refería al principio: quien realmente ha perdido ha sido la sociedad irlandesa entera ya que sus instituciones se han resentido, al no conseguir asegurar -especialmente a los jóvenes- las fundamentales certezas sobre la vida.

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