839 YO SOY UNA PERSONA MUY EXACTA...
Causa mucho interés, a juzgar como lo siguen la prensa, los amoríos del príncipe Carlos, heredero de la corona británica. Y también las historias de su esposa Diana. Si se va a divorciar o no. Y, recientemente, se hablaba de que el príncipe Carlos quería separar la iglesia anglicana de la corona, para tener así libertad en su vida personal, al no ser el Rey, como ahora, el Jefe de esa iglesia.
Me recuerda lo anterior la postura de algunos que se tienen por 'muy exactos': no les gusta que les aleguen, que les puedan echar en cara el no haber 'cumplido'. Tanto es así, que si no 'se sienten' con 'deseos' de hacer algo, mejor lo suprimen de sus obligaciones. Algo de honrado hay en esta postura, pero también algo que el sentido común dice que no va...
Quizá podríamos considerar el caso de un antepasado del Príncipe Carlos, nada menos de Enrique VIII. Este hombre se enamoró de una mujer que no era con la que estaba casado, la suya legítima. Para ser 'auténtico' decidió que mejor se separaba de la Iglesia de Roma. ¿Por los amores de una mujer? Realmente no: porque fueron 7 u 8. En honor a la verdad, fue para 'tranquilizar' su conciencia. Para evitar que sus deseos fueran deshonestos, mejor decidió hacer bueno lo que él sabía que no lo era. Se convirtió en un auténtico 'inauténtico', por no querer reconocer que se había equivocado. Y se llevó consigo a toda una nación.
El tema que tocamos es una realidad de siempre. Un hombre o una mujer pueden portarse mal, dejar de vivir según principios que piensan que son sagradas. Eso está mal. Pero lo que no puede hacer es tocar esos principios, cambiarlos para que nadie les 'alegue'.
Tan de actualidad es el tema (el que no se deban tocar los principios, aunque algunos o muchos no los vivan) que de ello habla Lance Morrow en Time del pasado 2 de octubre. Cito algunos párrafos.
¿Como evitar que la juventud norteamericana caiga en espiral descendente, que no es sólo el conocido problema de los embarazos de adolescentes y la desintegración familiar y el SIDA, sino también la general degradación sexual norteamericana...?. El responsable máximo de la sanidad pública en el Estado de Virginia
se atrajo las habituales burlas despectivas por recomendar la continencia como política para reducir el número de embarazos entre adolescentes.- Eso no lograría nada, por supuesto. Los adolescentes no se abstendrán del sexo, como no lo harán los juguetones perros callejeros, y es necio, represivo, retrógrado, pretender que lo hagan. Lo más que pueden hacer las autoridades es repartir preservativos entre las bestezuelas y confiar en que los usen. Y si no toman tal precaución, pues...sólo queda un último recurso: una visita a una clínica abortiva. Lamentable, quizá, pero...así es la vida.-
Esta mentalidad adopta una idea despiadadamente degradada de la naturaleza humana. Los jóvenes suelen cumplir las expectativas que se tienen sobre ellos. El reparto de preservativos patrocinado por el gobierno proclama que la sociedad espera oficialmente que se comporten como perros. Y continúa Time: La mentalidad de la continencia exige una cierta metafísica moral. Hay que enseñar esto: cuanto más cedes a algo, bueno a malo, pero especialmente malo -drogas, sexo irresponsable, violencia, música idiota, estupidez, conducción temeraria, malos modos, ira...-, más pierdes. Cuanto más te niegas, más ganas. Esto no es una moraleja barata, sino una valiosa verdad que en la última o dos últimas generaciones ha sido arrastrada por un torrente de porquería. Para un adolescente, la continencia supone seguridad y, por tanto, la libertad que da el dominio de sí. La continencia es un medio de ver claro, una ventana a través de la cual es más fácil distinguir, entre otras cosas, a uno mismo y al prójimo.
Las ideas anteriores pienso que son especialmente valiosas, y llevan a dos consideraciones.
Primero es que no las dice el Papa, pero confirma -desde un ángulo distinto- las muchas cosas positivas que fue a decir a los jóvenes en Denver.
Y la segunda, es que, siendo muy valiosas -válidas- las apreciaciones de esa revista, hay algo que les falta. Les falta algo que les dé consistencia, fundamento. Y ese 'fundamento' quizá podría enunciarse así:
-lo que nos distingue básicamente de los animales es que tenemos una ley moral natural impresa. Y eso radica en haber sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Somos inteligentes y libres.
-Y que esa ley -lo ilustra el mismo hecho de que Time haya hecho las anteriores conclusiones- es universal, inmutable, y obliga a todos los hombres: porque se basan en una naturaleza humana única, común. Y es la verdadera raíz para que cada uno pueda distinguir, entre otras cosas, a uno mismo y al prójimo.
Aceptar estas verdades y no cambiarlas -aunque alguna vez uno o muchos fallen- no es, en palabras de Time, una moraleja barata. Por el contrario, es doctrina clara sobre la que debemos edificar nuestra sociedad si queremos que marche hacia un progreso real.