PORNOGRAFÍA, CON INTERNET Y SIN INTERNET

Se refleja esta preocupación en despachos internacionales. Uno es un informe difundido en la BBC de Londres. Revela que el gobierno está preocupado por no poder detener la avalancha de pornografía que invade a los jóvenes internautas a diario. El problema es más amplio: nueve de cada diez usuarios de Internet británicos reciben mensajes no solicitados, y de éstos uno de cada diez son pornográficos. El informe estima que este tráfico de correos se ha convertido en una "amenaza casi imposible de controlar" para el gobierno británico y que tiene como principal blanco a los menores de edad.

Hasta comercialmente hablando, la pornografía está mal vista, como se refleja en otra noticia ésta de Estados Unidos. Hace varios meses, la empresa petrolera Phillips 66 Co. compró las 2,300 tiendas de Circle K en 18 estados. Estas venden publicaciones con contenido muchas veces erótico y altamente sensacionalista. Cuando ocurrió la compra, la Florida Family Association, advirtió a Phillips 66 que su organización lanzaría una campaña de volantes cerca de sus tiendas cuestionando esa política. Poco después, obtuvo como respuesta que estaban retirando las revistas. La empresa sabía que su marca e imagen son muy importantes y buscan mantenerlas, y la pornografía no es algo con lo que quieren estar asociados.

Por ello sorprendió a muchos, por su irresponsabilidad social, un reportaje -en otro periódico- en que hacía apología de un sitio pornográfico guatemalteco en internet. Sorprendía porque lo presentaba casi como un logro nacional lo que era, en todo caso, una vergüenza nacional, porque contribuye a tener una sociedad endeble en valores. Y también una vergüenza para la empresa periodística que permite esto, con esta publicidad encubierta.

Aunque sea muy brevemente, es interesante insistir en la idea de que la pornografía es socialmente inadmisible. Soy deudor en estas ideas del Dr. Jaime Nubiola, profesor de la Universidad de Navarra, España. Es importante hacer notar que en la última década viene desarrollándose con singular fuerza el movimiento, originado en Canadá y en auge en Estados Unidos, para la eliminación de la pornografía no por motivos sólo religiosos, sino porque las exhibiciones pornográficas causan daño a todos, comenzando por las mujeres, y no sólo a las que toman parte en ellas. "Todo el propósito de la pornografía es hacer daño a las mujeres", afirmaba, ya en 1981, Andrea Dworkin en Women's Press. Y, en un planteamiento más amplio, la pornografía, es decir, todo aquello que se hace, se comercializa y se consume como excitante sexual, no es arte, sino explotación sexual.

Regresando al tema: no se puede -no se debe- hacer apología de la pornografía, presentándola como inocua o como un juego. Y la sociedad está en su perfecto derecho a rechazar la promoción de conductas antivalores –no hablo de conductas privadas-, por los medios lícitos a su alcance. Hoy en día, nadie se extraña que no se permita la apología del tabaco, de la droga, de la violencia. Hacer la apología de un sexo desorbitado, fuera de su razón de ser, que eso es la pornografía, puede y debe ser rechazada por la sociedad. Ocurre como en la defensa del medio ambiente: aparte de las sanciones legales, todos miran como a salvajes a quienes inundan de humo negro la ciudad o a las fábricas que contaminan mi ambiente. En el caso de la pornografía son depredadores del ambiente moral, de los valores de la sociedad.

¿Qué puede uno hacer? Podrían concretarse -entre otros- estos tres puntos. 1) Rechazar sistemáticamente la pornografía en todas sus formas y hacer ver , tanto en público como en privado, su carácter degradante para los participantes en ella utilizadas -mujeres u hombres- y para todos los consumidores 2) Luchar por la erradicación de la excitación sexual en los medios de comunicación 3) Exigir una clara identificación de los productos pornográficos como peligrosos y contaminantes de nuestro entorno moral e intelectual para mantenerlos lo más lejos posible, cuando no puedan ser eliminados.

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