ACOMPLEJADOS Y PESIMISTAS

Léo Molin es Profesor de Historia y Sociología de la Universidad de Bruselas. Un buen historiador; por cierto, no católico. De él es la siguiente advertencia: "la obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza, por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la Reforma hasta nuestros días, han conseguido convencerles de que son responsables de casi todos los males de este mundo". Han conseguido crear un buen grupo de acomplejados, a base de repetir tópicos.

Una de estas falsedades salió recientemente en la prensa sobre las relaciones de Pio XII con los nazis y los judíos. Hay abundantes datos históricos, que avalan cómo el mundo occidental, y concretamente los judios, le están agradecidos por la defensa inteligente que hizo. Pero hay un hecho que muestra -más que mil alegatos-, cual fue la actitud de los judios hacia el Papa. Es la historia de Eugenio Zolli; aunque no se llamaba así: su nombre de nacimiento era judio. Era el Gran Rabino de la Sinagoga de Roma durante la ocupación nazi de Italia. Pio XII lo protegió -junto a innumerables judios más-, y después de la Guerra se convirtió al catolicisimo. En agradecimiento a Pio XII (Eugenio Pacelli), adoptó su mismo nombre en el bautismo. Un testimonio de primera mano sobre qué pensaban de Pio XII los judíos, los sí sabían lo que pasó...

El otro grupo a que me refiero ahora es el de los pesimistas. Tal y como están las cosas, si uno no es pesimista parece que hace el rículo. Está de moda quejarse, de todo e intensamente. Hay algunos subgrupos de pesimistas. Veamos algunos...

Existe el pesimismo mundial, que conviene practicar de vez en cuando, si no quiere uno que le tachen de persona poco enterada de la realidad. Es quejarse -no me refiero a estudiar, que es otra cosa- de la capa de ozono, el calentamiento de la atmósfera, las especies que se extinguen, los glaciares que se licúan, la bomba demográfica (que va a llenar de niños -negros- el planeta), el sida (que exterminará a todos esos niños), el ébola, la falta de hijos, el exceso de abuelos... Queda bien hablar de todo eso, pero sin profundizar mucho...

Hay el pesimista social: toda la sociedad y sus estructuras están malas irreversiblemente: la corrupción galopante, los partidos putrefactos, el organismo judicial, legislativo, la corte de constitucionalidad, los sindicatos: todos sin esperanzas de mejora; la pereza de los burócratas, las mentiras de la prensa, las sectas... Este tipo de pesimista suele juntar todos estos temas, sin intentos de defensa, para que no le califiquen de ingenuo.

El pesimista personal, sostiene que las personas no cambian. El mismo no se excluye, postura muy cómoda para no sentirse uno llamado a hacer algo. Va desde el que afirma: si yo me conozco, soy así y no voy a cambiar; hasta el que sonríe, escéptico,

cuando alguien afirma deseos serios de mejorar. Los hay de todas las edades.

Un tipo especial de estos tiempos es el pesimista murfiano: es el que sostiene seriamente basado en las "científicas" leyes de Murphy, que cualquier situación mala se volverá peor en cualquier intento de mejora que se hagan.

En nuestros paises está el que podríamos llamar el pesimista nacional: cualquier cosa que nos viene de fuera es mejor. Esto es pasable para contar y reirse con el chiste del "infierno chapín". Pero cuando alguien se acompleja y minusvalora las cosas realmente buenas de nuestra sociedad, incapaz de distinguir la basura de a veces nos viene de sociedades decadentes...eso es tonto, por no decir suicida.

Estamos hablando de la necesidad de la virtud humana de la esperanza. Y de una pasión, que la acompaña: lo que podría llamarse la ilusión, el entusiasmo ante el futuro, las ganas de pelea para mejorar. Es una virtud y una pasión propia de quienes confían en que no estamos aquí por azar, que hay algo más por alcanzar que el próximo fin de semana. Es la virtud y la pasión que hace que sepamos para qué madrugamos todos los días. Nos recuerdan que un sólo hombre, una sola mujer, puede cambiar la historia. No sería la primera vez. Sólo hay que atreverse a no ser pesimistas, a salirse del redil de los acomplejados. Es atreverse a pensar, con Peguy, que la esperanza es una niña que me da cada mañana los buenos días.

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