DISCULPARSE Y ECHAR CULPAS
Según dicen, lo primero que se aprende en prisión es que todos son inocentes y, en todo caso, lo que se hizo fue culpa de otro. Esto, en la vida ordinaria, se traduce en otra máxima: alguien tiene la culpa de lo que me ocurre, pero ese alguien no soy yo. Este es un resumen de la sociedad actual, dominada por la cultura de la queja. Ben Laden no acabará nunca con la civilización occidental: la cultura de la queja si puede conseguirlo. Y no sería un homicidio, sino un suicidio colectivo.
Después del 11 de septiembre, el asombro ante la barbarie nos dominó a todos. Pero hay peligro de que nos acostumbremos, y que el mundo no se de cuenta de que la paz no puede construirse sobre la injusticia.
Aquí estábamos, cuando Juan Pablo II, propone al mundo medidas radicales. Es el mensaje de la Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 2002), que constituye un texto sin precedentes sobre el terrorismo y la respuesta cristiana a este crimen contra la humanidad.
Juan Pablo II asegura que la inestabilidad mundial desencadenada por el 11 de septiembre sólo podrá superarse poniendo, como pilares de la paz, la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón. El Pontífice, por una parte, constata el derecho de la sociedad a defenderse de los grupos terroristas; por otra, niega el derecho a la así llamada guerra sucia, indicando que la respuesta debe atenerse a reglas morales y jurídicas y debe apostar por una auténtica reconciliación entre los pueblos.
El lema del mensaje No hay paz sin justicia; no hay justicia sin perdón, es una especie de decálogo sobre la reconciliación, aplicable a todo y a todos. Y, también para todo y todos, es un mensaje de esperanza a inicios del año 2001, pues afirma que está convencido de que el mal no tiene la última palabra en los acontecimientos humanos.
El texto analiza los orígenes del fenómeno: El terrorismo nace del odio y engendra aislamiento, desconfianza y exclusión. La violencia se suma ala violencia, en una trágica espiral que contagia también a las nuevas generaciones, las cuales heredan así el odio que ha dividido a las anteriores. ¿Cómo romper esta espiral de violencia? Juan Pablo II ofrece dos propuesta fundamentales: respuesta justa a los ataques y reconciliación entre los pueblos.
Deja muy claro que las injusticias existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para justificar los ataques terroristas. De hecho, constata, las primeras víctimas de los atentados son los millones de hombres y mujeres menos preparados para resistir el colapso de la solidaridad internaciones. Y aclara que se refiere a los pueblos en vías de desarrollo, que viven ya con estrechos márgenes de supervivencia, y son los más dolorosamente perjudicados por el caos global, económico y político. La pretensión del terrorismo de actuar en nombre de los pobres, es una falsedad patente.
Termina la carta con un llamado a la responsabilidad específica de los líderes religiosos pues las confesiones cristianas y las grandes religiones de la humanidad han de colaborar entre sí para eliminar las causas sociales y culturales del terrorismo, enseñando la grandeza y la dignidad de la persona y difundiendo una mayor conciencia de la unidad del género humano. Según el pontífice, justicia y perdón no sólo deben ser principios aplicados por los gobiernos, sino también por lo líderes de las religiones. Esto explica su convocatoria de la jornada de oración por la paz en Asís, para este 24 de enero.
Se puede considerar la propuesta del Papa a nivel de alta diplomacia: un mensaje sobre el terrorismo, la paz en el medio Oriente, la responsabilidad de los líderes religiosos. Considero, sin embargo, que contiene un mensaje que nos afecta a los ciudadanos corrientes: los esfuerzos de cada uno de nosotros repercuten sobre los demás, en la familia, la empresa, la sociedad. Basta de sólo quejarse; hay que hacer... más.