CORRUPCION: żES LO PEOR?
Siglo 21, 8 diciembre 2001
No hay duda que la corrupción es pésima. Domènech Melé, un brillante pensador de nuestros tiempos, así zanjaba el tema "los sobornos y las extorsiones permiten el enriquecimiento de algunos oportunistas, al tiempo que acaban corrompiendo la moral de los individuos y de grupos más numerosos". Además, señala un tema que a veces no se considera: la corrupción no sólo que deshace la moral, sino que la falta de valores conduce a la corrupción.
Podemos acudir a nuestros vecinos del norte, tradicionalmente expertos en el tema. Incluso aportaron al lenguaje un vocablo ya universal: mordida. El testimonio lo dio en un discurso, un dinosaurio del PRI, Alfonso Martínez Domínguez, gobernador que fue del Estado de Nuevo León. Se refirió así a la corrupción tristemente proverbial en México: "La corrupción somos todos, porque se perdieron los valores y principios, y cada mexicano tiene la mano metida en la bolsa del otro para buscar cómo quitarle el dinero". Y señaló como la principal causa de la lamentable situación moral mexicana es una decisión adoptada hace sesenta años: "Hasta 1936 en todas las escuelas privadas y públicas se enseñaba religión, católica, protestante, musulmana...". Su supresión ha tenido graves consecuencias, pues "toda religión tiene valores y principios (...), y estos valores y principios son la formación de la gente"; "quedamos con ese gran vacío".
La corrupción sin duda causa grave males. Entre otros, el subdesarrollo, y es también la causa de las democracias frágiles en Latinoamérica. En un simposium realizado sobre este tema en la Asociación de la Prensa de Madrid, según Enrique Ghersi, jurista peruano, los legisladores "tienen la tradición de utilizar la ley como un instrumento para redistribuir riqueza y no para facilitar su creación. Así, el derecho es concebido como un mecanismo que permite repartir un stock fijo de riqueza entre los diferentes grupos de interés que así lo demandan". Concluía así: "los latinoamericanos saben bien que pueden conseguir mucho más de un buen arreglo con el gobierno que de su propio trabajo. Todo esto altera los medios y los fines. En nuestros países se compite por el beneficio y privilegio del Estado, no por el beneficio ni el privilegio de los consumidores".
Pero otro mal, que es causa o consecuencia de la corrupción y sin duda la favorece, es la desesperanza. A ella se refería recientemente Estuardo Zapeta, con el nombre de "cobardía". Es lo cómodo, pero ineficaz. Limitarse a denuncias y quejas –esto lo señalaba Humberto Grazioso-, sin querer reconocer la responsabilidad que todos tenemos alrededor, en todo el ámbito social, con lo que hacemos u omitimos. Cuando alguien comenta, sea con la mejor intención, que el ser honrado en este país no tiene buenos resultados económicos, por lo menos es miope. Y difunde –falsamente- desesperanza a su alrededor.
En una reciente reunión, un empresario comentaba los consejos a su hijo, presente y ya entrando en el área financiera. Si en un trabajo no pudieras progresar sin dar mordida, cambia de trabajo. Incluso, si en un determinado ambiente comercial no te puedes desenvolver honradamente, busca otro. Y era un hombre exitoso en lo económico. Otro, comentaba que él seguía la misma política en su empresa. Contaba como en una licitación le pidieron comisión si quería tener posibilidades. Se negó... y ganó. Lo explicaba porque a veces la corrupción es por parte de empleados menores que al no tener eco, prefieren ya no cumplir sus amenazas.
Todos podemos influir en arreglar esto: actuar correctamente y difundir las ideas claras. Aceptar o exigir soborno es, esencialmente, un acto de deslealtad: para con la propia empresa y para con la sociedad. El soborno socava las bases en que se apoya la sociedad, pues incrementa la competencia desleal y distorsiona el recto funcionamiento del mercado. Es –incluso-, un mal negocio, pues se pone en peligro la misma supervivencia de la empresa (o del propio empleo); y se demuestra ser un mal profesional, incapaz luego de posicionarse en el mercado por la mejor calidad de su trabajo... y del que nadie se fía.