VESTIRSE DE NEGRO O ESTAR NEGRO

Siglo 21. Junio 23, 2001

La reciente fuga de reos de la cárcel de alta seguridad ha sido lamentable, una vergüenza. Como alguien comentaba recientemente en este mismo diario, no podemos seguir así: ahora el pueblo estará, por un lado preso de la corrupción del Gobierno, y por el otro con el temor de los delincuentes escapados.

En toda esta situación hay daños muy claros y otros más ocultos, pero no menos peligrosos. Es bueno considerarlos.

El primero es el ya señalado: honorables y valientes personas -supieron denunciar y acusar a los secuestradores- que han tenido que salir del país para protegerse ellos y a los suyos. Son dignos de respeto y del agradecimiento de toda la sociedad por haber sido valientes en sus denuncias y en haberlas mantenido.

Otro daño es que para muchos, con todo esto se aleja la oportunidad de abolir la pena de muerte. La línea internacionalmente admitida es que no se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy –son palabras de Juan Pablo II- gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son muy raros, por no decir prácticamente inexistentes. El problema nuestro es patente: para que no sea necesario el recurso a la pena de muerte, es preciso que se tenga una organización cada vez más adecuada de la institución penal... No parece ser nuestro caso.

Pero hay otro daño, que nos afecta a todos, todos los días. Es la huida de la esperanza. No me refiero a vestirse de negro los viernes, como protesta contra gobierno, que me parece muy bien por razones obvias; sino a ponerse negro, pesimista.

Quien no ha oído en estas semanas, como consecuencia de la situación que padecemos, frases que delatan el mal a que me refiero: la gente está desmoralizada. Algunos piensan y dicen que vamos de mal en peor, y, así se mata la esperanza. Decía un pensador clásico: Quita al caminante la esperanza... y se derrumba. Es decir, se cae en el refugio tentador de la desesperación, de abandonar el compromiso por hacer un mundo mejor. Aquí no se puede hacer nada, es la frase mortal.

Paralelo a este daño es el que refleja lo que me decía uno: ...esto es un fracaso más de los gobiernos civiles, vamos de mal en peor. Es la desesperanza ante la democracia. O la de otro, más joven, que decía: hay que armarse, no voy a dejar que nadie... etc., etc. Es la tentación de la violencia: justificarla por la falla del sistema judicial y carcelario. Es la misma tesis de los penosos linchamientos: ... si entregamos los delincuentes, los van a soltar y va a ser peor: acabemos con ellos como sea. Es la misma teoría que originó los escuadrones de la muerte y las guerras sucias que ha habido en tantos países. Es la muerte de la sociedad democrática.

No olvidemos que la sociedad somos cada uno de nosotros. Cada vez que oímos, ante situaciones de violencia, expresiones desafortunadas y nefastas, como "bueno estuvo...", "sólo, con el palo entienden...", o la dramática despedida de la esperanza: "aquí no se puede...", sin un rechazo radical, estamos dejando que nos maten la esperanza, estamos contribuyendo a una desmoralización de la sociedad. Casi, casi, hacemos mas daño que un gobierno inepto. Que ya es decir.

Basta de lamentos estériles y de posturas negativas a ultranza. Tenemos que apuntalar esta sociedad que parece que se tambalea, en gran parte por la pérdida de recursos morales que son su fundamento.

Vestirse de negro, bien. Pero no ponerse negro.

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