La difícil experiencia del perdón

El escritor ingles Chesterton, describe certeramente a una persona mediocre: es a quien le suceden cosas grandiosas a su alrededor y no se da cuenta. Ahora serían algunos que no calibran en profundidad el gesto de Juan Pablo II de pedir perdón en nombre de la Iglesia. Aunque a decir verdad, la popularidad del Papa es evidente: tiene un índice de aceptación que cualquier gobernante envidiaría.

A veces hay críticas formales. Es el caso del New York Times, cuando señala que la Iglesia discrimina a la mujer mientras no cambie su posición respecto al aborto, al control de la natalidad y al sacerdocio femenino. Es lo que se llama una visión bastante miope de las aspiraciones femeninas...

En estas y otras reacciones similares se advierte el deseo de que la Iglesia se acomode a lo que algunos entienden como las exigencias del mundo actual. Algunas personas no entendieron por qué el Papa pidió perdón por las Cruzadas. Me escribía un lector : si en el siglo XI el Papa predicó las Cruzadas, si incluso hubo santos colaboraron con ellas... como es que ahora se les desautoriza.

Pero la verdad es que si algo nos enseña la historia es que cuando los cristianos han fallado a la fidelidad al Evangelio, ha sido más a menudo por no saber resistir a un sentimiento social mayoritario que por lo contrario. Por ser demasiado de su época, podríamos decir. Por ejemplo, la Inquisición fue culpable de utilizar unos métodos violentos para defender la verdad contra la herejía, pero estos métodos eran los que los poderes de la época aceptaban para combatir cualquier delito, por supuesto sin respeto por la libertad de las conciencias. Enrique VIII (no católico) no fue más tolerante que el católico Felipe II. Las Cruzadas pusieron la espada al servicio de la fe –querían rescatar los Santos Lugares del poder de los musulmanes-; pero no fueron una excepción en el mundo violento en que vivían. Encauzaron a un fin que se presentaba como bueno, la violencia que era lo ordinario entre los señores medievales.

Los cristianos de la primera mitad del siglo XX podían haber hecho más para combatir el antisemitismo; pero también es verdad que el antisemitismo estaba bien arraigado -bien visto- en la sociedad de la época, y que ante la persecución de los judíos los que protestaron fueron minoría, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Y los horrores de los campos de concentración no era conocidos por la inmensa mayoría, a todos los niveles.

Hoy todos pensamos que desde hace siglos debió haberse haber combatido mejor la discriminación de la mujer: por cristianos y por no cristianos. Pero es una realidad histórica –negarlo es de miopes- que esa minusvaloración se la consideró normal durante siglos y, además, estuvo y sigue estando aún más arraigada en las civilizaciones no cristianas (china, árabes...). Junto a pedir perdón, habría que preguntarse qué otra institución ha hecho más en la historia por defender la dignidad de la mujer frente a las pretensiones de reducirla a puro instrumento de placer a disposición masculina; por reforzar su posición en el matrimonio y en la familia; por promover su acceso a la educación en países donde apenas prestaban atención al desarrollo intelectual de las niñas.

En el Occidente de hoy, lo que algunos reprochan a la Iglesia es que eleve su voz contra fenómenos que intentan conseguir sus cartas de legitimidad: el derecho al aborto ("vergüenza de la humanidad", lo acaba de calificar Juan Pablo II), la "solución final" de la eutanasia, la manipulación de la persona humana que significa la procreación artificial, la equiparación del matrimonio a de todo tipo de uniones, la consagración de desigualdades económicas entre Norte-Sur y dentro de los países.

Hay que acuerpar personalmente estas valientes denuncias de hoy; no sea que tengamos que pedir perdón a los que vengan detrás por no haber estado a la altura: eso si, ya sería cada uno con su nombre y apellidos.

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