EL PERDON, LAS CULPAS Y UNA OLLA DE GRILLOS

El proceso de paz en Irlanda, la comisión de la verdad en Sudáfrica, la negociación con la guerrilla colombiana, la normalización en el País Vasco... y muchos otros casos demuestran que, a la larga, la necesidad de reconciliación entre los hombres prevalece sobre el poder de las ideologías que los separan. Pero también demuestran que la reconciliación es difícil, que requiere su tiempo y que en algunas ocasiones no se produce. Cuando la ofensa es grave, cuando la reparación es imposible porque se han perdido vidas, perdonar es una tarea casi sobrehumana.

El judío Simón Wiesental, el "cazador de nazis", relata un caso de no perdón en Les Fleurs de soleil (1969). Karl, un antiguo oficial del ejército alemán, antes de morir, pide ser llevado delante de un representante del pueblo hebreo para confesar sus crímenes y solicitar su perdón. El designado es precisamente Wiesental, que escucha en silencio el relato de la masacre de más de doscientos judíos, mayores y niños: los soldados encierran a los prisioneros en el interior de una cabaña y luego... le dan fuego. Wiesental, horrorizado, se levanta, y sin pronunciar una palabra, abandona la habitación. Años más tarde, escribe: "He pasado toda la vida pensando en mi negativa de perdón".

Recordaba esto ante la reciente presentación de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH). No puedo emitir un juicio responsable sobre el mismo, pues es un documento muy amplio para poder enjuiciarlo en pocas líneas.

Lo que si me han llamado la atención -aunque eran de esperar- es la multiplicidad de juicios, aparentemente razonables muchos de ellos a pesar de ser opuestos. Quejas, dudas, observaciones de todo signo.

Unos ponen de relieve el peligro del olvido (la amnesia histórica) que llevaría a caer de nuevo en lo mismo; otros, el peligro de hurgar en agravios y fomentar el revanchismo. Se pone hace notar como la mayoría de la población, sobre todo los jóvenes, no se han interesado por el tema; mientras se alaba el que las nuevas generaciones ya hayan superado odios de antaño. Unos dicen: perdonar, si; pero no olvidar, porque eso sería injusticia; otros aclaran que si se siguen persiguiendo los delitos, no hay tal perdón y que muchos de los juicios que se seguirían ahora, no serían sino la revancha de los que perdieron la guerra. Según la ideología de cada quien, se hace ver que el informe está sesgado en uno u otro sentido, que omite quien y porqué se originó el conflicto, etc. Se cuentan historias trágicas de uno y otro bando. Podría ser ésta la historia de nunca acabar.

Por ello me hizo pensar la observación de un diplomático: lo más importante es que se atiendan con seriedad las lecciones que contiene este informe. Lo mejor es enfocar el futuro y no el pasado, para llevar el país adelante. La lección de otros países que se han empeñado en aclarar y seguir aclarando hasta la saciedad, parece patente: es el ejemplo de Serbia, Irlanda del Norte, el país vasco… y un largo etcétera en el que ninguno de nosotros deseamos que nos incluyan. El consejo parece digno de meditarlo: ya el estudio está hecho; no hay duda para nadie de que hubo muchas cosas malas y cuales fueron. El tema del día sigue siendo el perdón. Y distinguir. Una cosa es perdonar; alguien decía que eso es algo divino, propio de Dios; otra cosa es pedir perdón: revela una postura humana noble, digna de todo respeto; otra distinta, muy distinta, es empeñarse en que otros pidan perdón: camino que lleva a fáciles e interminables confrontaciones.

Lo ideal es que, vencidas todas las dificultades, se llegue a que la petición de perdón y el perdón se encuentran. Entonces el hombre -y la entera sociedad con él- pasa a vivir de otra forma, accede a un nuevo de tipo de experiencia, a la que Kierkegaard llama "adelanto en el amor". Pero lo que si está al alcance de todos, ahora, es que demos el paso de perdonar, todos. Es el único camino de la reconciliación, que tanto necesitamos.

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