CAOS
Según el Diccionario de la Real Academia, caos es "el estado de confusión en que se hallaban las cosas al momento de su creación, antes de que Dios las colocara en el orden que después tuvieron". Más claros son sus sinónimos: confusión, desorden.
Era la palabra que venía a la mente al pretender pasar por el centro el día que nuestros campesinos vinieron tan espontáneamente a oír a su presidente. O como lucía la Av. Simeón Cañas -su punto de reunión y partida- al pasar por allí en la tarde: algo debieron intentar limpiarla, pero se ve que no supieron hacerlo. Un caos.
Pero no voy a caer en la pura queja: eso, como comentaba un mi amigo, cualquier burro lo hace. Ni ir al negativismo integral -aunque sea en broma- de que si quieres que la gente no haga algo, hay que indicar lo contrario: vállase al barranco... así se evitarán los accidentes. Pero la clave para no caer en el pesimismo es reconocer que lo que nos falta es cultivar los valores. Y este amigo me hacía un acertado diagnóstico de lo que necesitamos: virtudes, cultivar la verdad, la honradez, el sentido del trabajo, una concepción correcta de la familia... Sólo así podremos conseguir la supervivencia y el fortalecimiento de nuestra sociedad. Y es que la gente, me comentaba, habla de esto pero no lo practica... Queja muy acertada, sobre la que habrá que volver. Ahora quería tomar -dentro del mismo argumento- unos esquemas de alguien muy autorizado: Juan Pablo II. Habla de lo internacional, pero viene como anillo al dedo para nosotros y, por supuesto, para cualquier político que intente arreglar, en lo profundo, nuestro caos nacional. Van a continuación frases que deberíamos considerar en un contexto nacional.
La paz exige cuatro condiciones esenciales: Verdad, justicia, amor y libertad.
La verdad, explica el Papa «será fundamento de la paz cuando cada individuo tome conciencia rectamente, más que de los propios derechos, también de los propios deberes con los otros».
La justicia, añadió, «edificará la paz cuando cada uno respete concretamente los derechos ajenos y se esfuerce por cumplir plenamente los mismos deberes con los demás».
El amor «será fermento de paz, cuando la gente sienta las necesidades de los demás como propias y comparta con ellos lo que posee, empezando por los valores del espíritu».
La libertad, finalmente, «alimentará la paz y la hará fructificar cuando, en la elección de los medios para alcanzarla, los individuos se guíen por la razón y asuman con valentía la responsabilidad de las propias acciones».
Como punto de empuje de todo esto está el concepto de persona, porque la paz debe pasar «por la defensa y promoción de los derechos humanos fundamentales».
Pero no se trata de simples ideas abstractas: es un compromiso de todos nosotros, si queremos que esta sea la base de la sociedad en que vivimos. Precisa que conseguirlo no es sólo una cuestión de jefes de Estado, pues conseguirlo es tarea de las «relaciones de convivencia en la sociedad humana..., primero, entre los individuos; en segundo lugar, entre los ciudadanos y sus respectivos Estados; tercero, entre los Estados entre sí, y, finalmente, entre los individuos, familias, entidades intermedias y Estados particulares, de un lado, y, de otro, la comunidad mundial».
El llamado, si bien es para todos, es particularmente exigente para los que detentan el poder. «Hasta que quienes ocupan puestos de responsabilidad no acepten cuestionarse con valentía su modo de administrar el poder y de procurar el bienestar de sus pueblos, será difícil imaginar que se pueda progresar verdaderamente hacia la paz».
Todo esfuerzo que hagamos por nuestro país debe pasar por la defensa y promoción de estos principios fundamentales. Convencidos de que cada persona goza de ellos, no como de un beneficio concedido por una cierta clase social o por el Estado, sino como una prerrogativa propia por ser persona.