UN SECRETO A VOCES: LAS CULPAS DE LA GUERRA

Acaba de salir un libro de un antropólogo noruego, que reconoce que han estado equivocados durante muchos años. Partieron de la tesis de que en Guatemala había una lucha entre dos grupos: uno bueno, que estaba peleando por la propia identidad (los indígenas), defendidos por unos chicos buenos e idealistas (la guerrilla). De otro lado estaban los opresores (los ladinos), apoyados por unos chicos malos (el ejército).

El esquema les convencía bastante, entre otras cosas porque al noruego medio le han quedado grandes traumas desde la invasión alemana por los años cuarenta. En esa época se desarrolló un nacionalismo más o menos exaltado -siempre al estilo nórdico-, que lleva a defender a ultranza los valores del país. Pero les acaba de suceder como a aquel buen personaje que pasó parte de su vida desarrollando un proyecto para aprovechar la fuerza de las mareas. No había visto nunca el mar. Cuando lo llevaron a ver el mar, esperaron con gran emoción a ver que decía. Sólo le oyeron murmurar: este mar no me sirve...

Como otros países desarrollados, Noruega ha asumido el compromiso de invertir en desarrollo de nuestros países. Y lo están cumpliendo, cosa que es muy de agradecer. También se están dando cuenta ahora de que la inversión millonaria que hicieron durante los llamados años de guerra, sirvió para prolongar inútilmente un conflicto que nunca debió existir. Estaban ayudando a lo que en realidad éramos el polígono de tiro de las dos superpotencias de la época.

Esta es una gran realidad que a veces también se silencia. Hemos hecho la paz, la estamos construyendo. Pero sería bueno reconocer que la guerra nos la vinieron a hacer otros: nosotros pusimos los muertos, como alguien decía. Es evidente porque nuestra guerra acabó cuando acabó la guerra fría...

Es bueno reconocer errores. Hoy es una realidad de que las naciones piden perdón por las culpas pasadas, para reparar injusticias y superar rencores. Si es para esto, si no se consigue esto, no sirve para nada. Es peor el remedio que la enfermedad.

Tenemos ejemplos positivos de lo anterior. A principios de 1997, los gobiernos de Alemania y la República Checa firmaron una declaración común para sellar la reconciliación de ambos países. Alemania reconoce su culpa en la anexión de 1938, así como los daños subsiguientes. Los checos confiesan el expolio de los alemanes expulsados de la zona después de la guerra.

Los críticos de estos gestos indican el peligro de avivar sentimientos de agravio, perpetuar conflictos. Y fomentar el complejo de víctima, ese proliferar los que se consideran miembros de minorías perseguidas.

Pero, por otra parte, no hay duda que presentar los países

-o los grupos- excusas por agravios pasados puede surtir los mismos benéficos efectos que entre las personas: fomentar la paz. Aunque hay que obrar con cautela: el reconocimiento de culpas históricas debe tomarse como muestra de querer precisamente saldarlas para siempre en el ánimo de los pueblos. En el caso de etnias postergadas hay que facilitar seriamente la promoción social a los desposeídos, sin pretender pagarles supuestas deudas imposibles de determinar, calculadas en cosas que podrían haber sucedido, que nunca sabremos si realmente hubieran sucedido.

Volviendo al comienzo de estas líneas, que lindo sería que las grandes potencias -y quienes colaboraron- reconocieran la gran parte que tuvieron en este gran bochinche que tuvimos...

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