SE FUE EL PAPA... Y AHORA ¿QUÉ?
La noticia internacional, resumía escuetamente el tema: El Papa Juan Pablo II declaró santo al hermano Pedro de San José Betancourt, durante una misa celebrada hoy ante más de 700. 000 feligreses congregados en el Hipódromo del Sur de la capital guatemalteca. A su llegada Juan Pablo II bendijo a los sectores más desfavorecidos, como indígenas y campesinos. Sus palabras fueron «El Papa no os olvida y, admirando los valores de vuestras culturas, os alienta a superar con esperanza las situaciones, a veces difíciles, que atravesáis» «Merecéis todo respeto y tenéis derecho a realizaros plenamente en la justicia, el desarrollo integral y la paz»..
El comentario de los que vivimos estos días fue unánime: una gran felicidad, un mar de gozo. Todos estábamos felices, lógicamente reviviendo el momento más solemne y esperado. Cuando el Papa dijo "Declaramos santo el beato hermano Pedro de San José Betancourt", y su mensaje fue cortado por el grito de todos, que celebrábamos la canonización del primer santo de Guatemala y Centroamérica. "Lo inscribimos en el catálogo de los santos y establecemos que en toda la iglesia sea devotamente venerado como santo", agregó el Papa.
También estábamos felices porque todo fue muy bien organizado y la gente respondió maravillosamente: las columnas, el sacrificio de todos en caminar durante horas... tantos miles que vinieron del interior de la República. Y el Hipódromo, que quedó bellísimo. Y los kilómetros de alfombras en que durante horas trabajaban familias enteras dando colorido a las calles..
Es evidente la proyección social del mensaje que nos dejó. De indudable repercusión y que debe ser asumido por todos. Quizá podría centrase en sus palabras pronunciadas en la Misa de Canonización, donde hizo un llamamiento a recoger la herencia del Hermano Pedro que «ha de suscitar en los cristianos y en todos los ciudadanos el deseo de transformar la comunidad humana en una gran familia, donde las relaciones sociales, políticas y económicas sean dignas del hombre». El Pontífice pidió promover «la dignidad de la persona con el reconocimiento efectivo de sus derechos inalienables. Pensemos en los niños y jóvenes sin hogar o sin educación --añadió--; en las mujeres abandonadas con muchas necesidades que remediar; en la multitud de marginados en las ciudades; en las víctimas de organizaciones del crimen organizado, de la prostitución o la droga; en los enfermos desatendidos o en los ancianos que viven en soledad».
Y al ciudadano corriente, ¿qué le tocará ahora?
La referencia al Santo Hermano Pedro considero que da esta pista: «El Hermano Pedro es una herencia que no se ha de perder y que se ha de transmitir para un perenne deber de gratitud y un renovado propósito de imitación. Esta herencia ha de suscitar en los cristianos y en todos los ciudadanos el deseo de transformar la comunidad humana en una gran familia, donde las relaciones sociales, políticas y económicas sean dignas del hombre, y se promueva la dignidad de la persona con el reconocimiento efectivo de sus derechos inalienables."
Para completar qué idea tiene el Papa sobre lo que podemos hacer cada uno en lo personal, pueden servirnos unas palabras pronunciadas pocas horas antes de llegar a nuestro país, ante un grupo de jóvenes, que tienen valor universal. Van algunas a continuación, con el deseo de que susciten eco personal.
Les decía -nos decía-: "El mundo que heredáis es un mundo que tiene desesperadamente necesidad de un sentido renovado de la fraternidad y de la solidaridad humana. (...) Necesita que vosotros seáis la sal de la tierra y la luz del mundo. Con vuestra fe, esperanza y amor, con vuestra inteligencia, fortaleza y perseverancia, debéis humanizar el mundo en que vivimos".
Se abría en confidencia: "el Papa está viejo y algo cansado...". Y concluía con unas palabras que pueden ser un punto de partida para todos: "He visto lo suficiente como para convencerme de manera inquebrantable de que ninguna dificultad, ningún miedo es tan grande como para poder sofocar completamente la esperanza... ¡No dejéis que muera esa esperanza! ¡Arriesgad vuestra vida por ella!"