EL PODERÍO DEL PAPA

Cuentan de Napoleón que en unas negociaciones de paz, ante la sugerencia de alguno de que el Papa asistiera como observador, lo rechazó con esta pregunta: ¿y cuantos cañones tiene el Papa?. Siglo y medio después, otro destructor de Europa, Stalin, se le ocurría decir algo parecido al acabar la II Guerra Mundial: ¿y cuantas divisiones tiene el Papa?. Pero son historias del pasado. Lo actual es que ahora viene el Papa.

Juan Pablo II tiene una personalidad tan rica, que difícilmente podría encontrarse alguien cuya vida simbolizara el espíritu del mundo actual. De hecho, su papado ha tenido como propósito principal el impulso de los valores cristianos, que es precisamente lo que se necesita para solucionar la actual crisis de la civilización mundial. Por esto, al conocer los afanes del Pontífice, podríamos encontrar la esencia de la crisis por la que atraviesa la humanidad; descubriendo la enfermedad por los remedios aplicados.

En un apretado resumen histórico, siguiendo a George Weigel, uno de sus biógrafos más autorizados, se puede citar: la renovación del papado, al conferirle nuevamente su carácter de liderazgo moral para los creyentes y los no creyentes; el desmoronamiento del comunismo como sistema de gobierno, al devolver a los hombres la confianza en el poder de la libertad; la clarificación de los retos morales a la que se enfrenta la sociedad libre; el respeto a la persona y la valoración intrínseca de todo ser humano, independientemente de sus circunstancias; la batalla por el reconocimiento del derecho a la libertad en materia de religión, y el consiguiente empeño por el ecumenismo. Y unido a esto, la influencia real, personal, que la vida del Papa, sus obras y sus palabras han tenido en personas de todo el mundo a lo largo de su pontificado. Este es el Papa que viene.

Por otra parte, a diferencia de los ídolos populares, Juan Pablo II no busca del consenso o de una fácil popularidad entre las gentes. Va a recordarles que pueden ser mejores de lo que son. ¿Esa doctrina es ardua? Por supuesto, y precisamente por el hecho de que las palabras de Juan Pablo II inquietan nuestras conciencias, tantas veces divididas entre lo que hacemos y lo que comprendemos que deberíamos hacer. Y pienso que este es el secreto de la audiencia que obtiene el Papa entre multitudes que no siempre viven de acuerdo con sus enseñanzas. Son gentes que desean escuchar a alguien que les invita a superarse, que les anime superar el nivel de mediocridad. Un estímulo que sólo puede molestar a los que han renunciado a perseguir un ideal más alto.

Juan Pablo II no se calla a la hora de proclamar a todos los vientos los valores cristianos, que son universales, y que son los que hacen felices a las personas, a las familias y a la sociedad entera. También a los no creyentes, que lo presienten y por eso se acercan igualmente al Papa, a alguien que no escatima esfuerzos en portarse coherentemente en un mundo acostumbrado a la doblez. Nos enfrenta a todos con nosotros mismos y nos lleva a preguntarnos acerca de las razones de nuestra fe. Y precisamente aquí es donde el Papa ha ganado su batalla para cambiar el mundo: cambiando nuestros corazones. Por eso la popularidad del Papa es evidente: tiene un índice de aceptación que cualquier gobernante envidiaría; atrae multitudes; despierta entusiasmos. Como lo haría cualquiera que viviera tan coherentemente como él la vida cristiana...

Este es el Papa que nos viene: cumplidos ochenta y dos años, con el cuerpo quebrantado por la vejez y la enfermedad, pero con la mente plena de lucidez. Mientras no le falte el último vestigio de fuerza vital, el Pontífice seguirá exhibiendo ante el mundo la ejemplaridad del cumplimiento del deber.

El Papa, además, está dando al mundo su última gran lección: la de que la juventud y la buena salud no son el único objetivo de la vida, y que el dolor y la senectud son dos instrumentos increíblemente fructíferos para mejorar al hombre y al mundo. Y esa es también su fuerza, su poderío.

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