2,000,000 DE JOVENES Y EL PAPA: ¿POR QUÉ?
Las Jornadas Mundiales de la Juventud del pasado 20 de agosto han suscitado un gran interés entre los comentaristas de los medios de comunicación del mundo entero. El estupor no ha sido digerido del todo. El cardenal James F. Stafford, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, estadounidense, encargado de la organización del encuentro, confiesa que no lo esperaban: Ha sido una gran sorpresa para mí y creo para todos. Nuestras expectativas iniciales giraban en torno a quinientas mil jóvenes, luego con el tiempo han aumentado pero ciertamente no nos esperábamos que se pudiese llegar a los dos millones.
Juan Vicente Boo, corresponsal en Roma de ABC Madrid, comentaba: «ante los ojos de Juan Pablo estaban reunidos dos millones de jóvenes: exactamente uno por cada quinientos católicos en el planeta, una fuerza capaz de cambiar el mundo con el impulso de la paz, signo distintivo de lo que ya se está llamando, desde la cita de París, «generación Juan Pablo II». La persona que ha reunido a más gente en la historia de la humanidad volvió a dejar boquiabiertos a creyentes y agnósticos no sólo por el nuevo récord» europeo sino por la intensidad de la participación.
Durante seis días, desde la ruidosa bienvenida del 15 de agosto, una corriente eléctrica ha circulado entre el Papa y estos jóvenes de 160 países, multiplicando recíprocamente su vitalidad. De 160 países, pero la mayoría europeos. De una Europa que, comentaban algunos, era minoría cristiana. No concuerda esto con la respuesta de los dos millones de jóvenes. Ante un Papa que, en la homilía de despedida, volvió a subir la exigencia a los desafíos anteriores -dar la vida por la paz, vivir la pureza en el noviazgo y la fidelidad en el matrimonio-. Allí les pide crudamente: "Sólo Jesús de Nazaret (...) puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Si alguno de vosotros, queridos jóvenes, siente en sí la llamada del Señor a darse totalmente a Él para amarlo «con corazón indiviso», que no se deje paralizar por la duda o el miedo. Que pronuncie con valentía su propio «sí» sin reservas, fiándose de Él que es fiel en todas sus promesas". Y siguieron en sintonía perfecta.
Paolo Graldi, en el «Messaggero», observa que se ha puesto al descubierto a «jóvenes que se mueven en la óptica positiva de una esperanza ».
La Repubblica constata que «si hoy se quiere hablar a los jóvenes se deben reencontrar los acentos de la limpieza, de la moralidad, incluso de la utopía. Un mundo de componendas mediocres, de negociaciones continuas, pierde su sentido». Son declaraciones sorprendentemente diversas de a las que estamos acostumbrados. Y muy estimulantes.
Algunos insisten en el liderazgo personal de Juan Pablo II. Dicen que es un líder porque propone una idea que vale la pena, se involucra en ella y los jóvenes perciben todo eso como un gran bien para cada uno. Posiblemente es cierto. Aunque también hace pensar un comentario que viene de un lugar inesperado: la revista luterana Evangelische Kommentare (septiembre 1999). Allí Michael Naumann, Ministro de Estado en la Cancillería Federal alemana declara: "Las Iglesias se han esforzado mucho en ser modernas y en ofrecer muchos servicios sociales, descuidando así su verdadero atractivo: su capacidad de saciar la búsqueda del misterio (...) ¿Por qué es Juan Pablo II tan querido, incluso entre los protestantes? Porque -como tiene que ser- es intransigente en cuestiones de fe".
Dicho en otra palabras, pide cosas difíciles. Pero tal vez sea ese el secreto de la audiencia que obtiene entre multitudes. Acuden gentes que desean escuchar a alguien que les invita a superarse, a no ser mediocres. Precisamente por eso atrae a los que no han renunciado a perseguir un ideal más alto: entre ellos, lógicamente, a los jóvenes. A los que realmente son jóvenes. Que parecen ser muchos...