UN PAPA QUE DESCONCIERTA
Este Año 1999 ha sido declarado el Año del Anciano. No es para menos: la esperanza de vida media ha aumentado –en países ricos- de 68 a 76 años. Para el 2050 se espera que haya en el mundo 370 millones de personas de más de 80 años. A todos interesa el tema: aunque sólo sea porque llegar a ello es cuestión de tiempo.
Ahora, de manera inesperada, Juan Pablo II ha cogido papel y pluma y ha dirigido una Carta a los Ancianos. Se trata de un documento único en la historia del papado. En él, como dijo Joaquín Navarro-Valls, portavoz de la Santa Sede, en su presentación, el Pontífice «ha puesto mucho de personal». El obispo de Roma se dirige a sus coetáneos con el espíritu joven y el cuerpo viejo. La misiva explica cómo la tercera y la cuarta edad pueden ser momentos extraordinarios para la vida de las personas y del mundo, si se viven a la luz de la fe. Una dimensión que ofrece nuevos horizontes en el ocaso de la vida.
La carta es un testimonio impactante de cómo el Papa afronta los problemas ligados a esta estación de la vida. El Papa vive su vejez con gran naturalidad. No teme mostrar a todos sus límites y la fragilidad que se derivan de los años. No hace nada por camuflarlos. Al hablar con los jóvenes no tienen ningún problema para decir "soy un cura anciano... pero el servicio al Evangelio no es cuestión de edad".
Es la carta sobre todo una enseñanza sobre el valor de una vejez bien vivida, "época privilegiada de la sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia". La vejez es una etapa de la vida con sentido propio, pues "cada edad tiene su belleza y sus tareas". Apoyándose en las figuras elocuentes de ancianos del Viejo y del Nuevo Testamento (Abraham, Moisés, Simeón, Ana, Isabel...), y aprovechando también la sabiduría de Ovidio y Virgilio, hace ver que la vejez "forma parte del proyecto divino sobre cada hombre, como ese momento de la vida en que todo confluye, permitiéndole de ese modo comprender mejor el sentido de la vida y alcanzar la sabiduría del corazón".
Esto le conduce a reafirmar que la eutanasia, movida por una compasión mal entendida, es una ofensa a la dignidad de la persona; y a la vez recuerda que la moral "exige sólo aquellas curas que son parte de una normal asistencia médica", sin incurrir en ensañamiento terapéutico. Y aunque hoy muchos lleguen en buena forma física, no se puede perder de vista que la vejez es "un tiempo favorable para la culminación de la existencia humana". En este punto, Juan Pablo II aborda la cuestión de la angustia ante la muerte. El dolor no tendría consuelo si la muerte fuera la destrucción total. Por eso, "la muerte obliga al hombre a plantearse las preguntas radicales sobre el sentido mismo de la vida", sobre qué hay más allá de la muerte. La respuesta, dice Juan Pablo II, viene de Cristo, que, "habiendo cruzado los confines de la muerte, ha revelado la vida que hay más allá de este límite, en aquel 'territorio' inexplorado por el hombre que es la eternidad".
Con esta advertencia, sale al paso del riesgo en el modo de plantearse hoy la vejez. Ciertamente se han multiplicado las iniciativas para la tercera edad. Pero existe el peligro de considerar como un ideal el tener entretenidos a los viejos televisión, diversiones, viajes..., con una falsa imitación de vivencias juveniles. Esto puede anestesiar su búsqueda de una madurez espiritual, que es lo más característico de esa etapa de la vida. E incluso robarles la preparación necesaria para afrontar la propia muerte, pues a veces los parientes procuran que den ese paso casi "sin darse cuenta".
La Carta de Juan Pablo termina con confidencias. "A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios». «Al mismo tiempo, encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de vida a Vida!», concluye.