LOS GESTOS DEL PAPA Y UNA CULTURA DE VIDA
Juan Pablo II tiene una popularidad que es evidente. Tiene un índice de aceptación que sería envidiable para cualquier hombre público. Atrae multitudes, despierta entusiasmos. Y sin embargo, muchas veces no hace lo que haría un hombre que desea la popularidad. Está por encima de esto: es un hombre coherente.
Un tribunal del Estado de Missouri había condenado a muerte a Darrell Mease, un reo declarado culpable de un triple asesinato. Luego se supo que el Secretario de Estado vaticano, cardenal Angelo Sodano, había intercedido en nombre del Papa a favor del reo ante el gobernador Mel Carnahan. En su reciente viaje a Estados Unidos, el propio Juan Pablo II, cuando saludó al gobernador, que no es católico, le susurró que tuviera clemencia. Sin embargo, el Papa no hizo públicamente ninguna alusión a este asunto. Esos datos los dio a conocer el mismo Carnahan cuando comunicó, una vez que el Papa estaba de regreso a Roma, que había decidido conmutar la pena de muerte por la de cadena perpetua. La postura de Juan Pablo II sobre la pena de muerte es todavía nueva y deriva, en buena parte, de circunstancias coyunturales: ahora no es necesaria; además, es preciso dar al culpable la oportunidad de redimirse. Recientemente Juan Pablo II resumRa que se debRa limitar la pena de muerte a "casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organizaci\n cada vez m<s adecuada de la instituci\n penal, estos casos son muy raros, por no decir pr<cticamente inexistentes". La sociedad tiene, es preciso que tenga otros medios para defenderse
Con su rechazo a la pena de muerte, el Papa dejaba al descubierto la incoherencia de quienes la combaten pero se olvidan al mismo tiempo de los otros atentados contra la vida, que incluso numéricamente son incomparablemente más frecuentes. Porque en ningún momento el Papa equiparó la condena moral que merece, por ejemplo, el aborto con la de la pena de muerte.
Parece necesaria esta puntualización, ya que diversos medios de comunicación aplaudieron el firme rechazo de la pena de muerte pronunciado por el Papa, pero no prestaron atención al resto de su discurso, donde se configura el "Evangelio de la vida". Porque éste es el verdadero núcleo del mensaje que nos dejó en su reciente viaje a América. A la vida se había referido también en la misma ceremonia de bienvenida, en el aeropuerto de San Luis, cuando dijo: existe hoy "un conflicto entre una cultura que afirma, custodia y celebra el don de la vida, y una cultura que intenta excluir enteros grupos de seres humanos, los no nacidos, los enfermos terminales, los impedidos y otros considerados 'inútiles', de la tutela legal". Dijo que por la gravedad de lo que está en juego, y como consecuencia de la influencia que Estados Unidos tiene en el mundo, es necesario que "América resista a la cultura de la muerte y elija estar firmemente de la parte de la vida". Ya en México había sintetizado ese mensaje: "ĦQue el Continente de la Esperanza sea también el Continente de la Vida! Este es nuestro grito: Ħuna vida con dignidad para todos! Para todos los que han sido concebidos en las entrañas de sus madres, para los niños de la calle, para los pueblos indígenas y los afro-americanos, para los inmigrantes y refugiados, para los jóvenes privados de oportunidades, para los ancianos, los que sufren cualquier tipo de pobreza o marginación".
Pero quizá lo más central de su mensaje y que es el secreto de la coherencia y la atracción que ejerce sobre las multitudes, es que se dirige a cada uno en lo personal. El edificar una sociedad digna de la persona humana no es tarea de "sólo algunos privilegiados" -esa la frase que utilizó en México-, sino que corresponde a todos. A todos invita a superarse, anima a poner la meta por encima de la mediocridad. Y esto estimula a todos los que no han renunciado a perseguir un ideal más alto.