LOS CAÑONES DEL PAPA

Cuentan que al sentarse en la mesa de negociaciones de paz, en el siglo pasado, ante la sugerencia de alguno que pretendía que el Papa asistiera como observador o consejero, Napoleón preguntó: '¿Y cuantos cañones tiene el Papa?'. Pasado un siglo largo, otro 'genio' para la historia, Stalin, se le ocurrió decir algo parecido ante similares circunstancias al acabar la II Guerra mundial: '¿Y cuantas divisiones tiene el Papa?'.

Son historias del pasado. Lo actual es que ahora viene el Papa. Y ya la historia -también la moderna- se ha encargado de mostrar lo importante que es para la humanidad su aliento y su consejo, y no sólo para los católicos. El es la Cabeza de la Iglesia, que es algo tan amplio -de una manera misteriosa, pero real- como toda la humanidad.

Un botón de muestra es su discurso en la recién pasada Asamblea General de NN.UU. en New York. Saludado por una excepcional ovación, habló en un lenguaje común, el lenguaje de las necesidades reales del hombre de hoy. Quizá se podría resumir que habló de algo que interesa mucho para nosotros en Guatemala: cómo conciliar la universalidad de los derechos humanos y la diversidad de culturas, los derechos de las naciones y la unidad el género humano, el patriotismo y la apertura a otros pueblos y culturas, respetando la pluralidad propia de cada país y dentro de cada país. Su mensaje, entonces noticia, sigue siendo motivo de reflexión.

Sorprende, aunque no hace sino confirmar la universalidad del mensaje cristiano, que aquella Asamblea de NN.UU., posiblemente de mayoría no cristiana e incluso ateos, aplaudieran de pie al final de su discurso. Demuestra también que la intervención del Papa y, en general, de la Iglesia católica en estos organismos es una fuente de paz, de concordia y de enriquecimiento para la humanidad. Y explica por qué la Santa Sede asesora a tantos organismos internacionales precisamente para el bien de las mismas naciones. Y esto es un bien no tanto para la Iglesia, sino para toda la sociedad. La historia lo demuestra.

No se de qué nos hablará el Papa (probablemente algo relacionado con la paz y la reconciliación), pero sin duda nos traerá un mensaje de mejora personal, de un real conversión interior. Esto es la base de todo. Si no, se nos podría quedar todo en una standing ovation... El mismo Papa, lo ha aclarado repetidamente: viaja "como Pedro, sostenido por la oración de toda la Iglesia, para anunciar el Evangelio, la Buena Nueva, para confirmar a los hermanos en la fe."

Quizá se podría concluir que precisamente lo más importante para nosotros, para poder captar a profundidad su mensaje, es una buena disposición interior, una real conversión personal. Entonces tendrá todo el fruto. Y su efecto en nuestra sociedad será de una verdadera inyección de optimismo. Llegar a estar convencidos de que los cristianos -junto con todos los hombres de buena voluntad- estamos llamados a colaborar en una auténtica reconstrucción de nuestra sociedad: no estamos, como afirman los 'profetas de desgracias', en un proceso irreversible de descomposición. Tenemos cosas malas, pero podemos y debemos arreglarlas: trabajando -cada uno en su sitio- y no sólo con denuncias estériles.

Son muchas las características positivas que definen la cultura de la 'modernidad': el amor a la libertad, el descubrimiento de la riqueza de la subjetividad, etc. También hay malas: el individualismo (el egoísmo), el hedonismo (un deseo incontrolado de placer...). Precisamente el Papa, en la Asamblea citada de NN.UU., se refería a un defecto menos conocido: la tristeza, el pesimismo. Nos dice: el hombre "se aproxima al final del siglo XX con miedo a sí mismo, asustado por lo que él mismo es capaz de hacer, asustado por el futuro". y continúa: "Esperanza y confianza tienen su apoyo en el íntimo santuario de la conciencia, donde el hombre está solo con Dios, y por eso intuye que ¡no está solo entre los enigmas de la existencia, porque está acompañado del amor al Creador!".

El Papa nos está señalando un perfil muy alto para el cristiano -a lo que está llamado todo hombre-, y está señalando lo que se espera de todos nosotros ante el tercer milenio. Viene a decirnos que el hombre no es un huérfano perdido en la tierra. Viene a recordarnos que estamos aquí, en esta tierra, con un destino divino y que está en nuestras manos realizarlo en cada uno de nosotros, en la vida ordinaria, y en el conjunto de la entera sociedad.

Tal vez sea ese el secreto de la audiencia que obtiene el Papa entre las multitudes. Son -somos- gentes que desean escuchar a alguien que les invita a superarse, que les anima a poner el listón por encima del nivel de la mediocridad. Y esta es la tarea que nos corresponderá continuar a todos después de la venida del Papa.

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