TENGO LA SOCIEDAD QUE ME DEJO IMPONER
Prefiero mil veces el pensamiento que sugiere el titular, a aquella frase desafortunada, de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Cuando uno piensa de esta ultima manera, prefiere no leer la prensa: son los que consideran que todo está mal... aquí. En Estados Unidos... eso es otra cosa. Son los que alguien calificaba que tenían alma de mojados: no se han ido de este lamentable país, porque no han podido. Y eso no es justo: es una postura falsa. Por eso me gustó el pensamiento de Estuardo Zapeta, sobre una determinada manipulación política: no podemos permanecer callados... no debemos guardar silencio... Si lo hacemos, somos igualmente culpables.
Evidentemente nos afectan muy directamente las manipulaciones en el Congreso. Pero estamos en una aldea global y ya todo es muy cercano. Por eso nos afecta igualmente, si no más, el poder valorar correctamente tragedias como la del último tiroteo en una escuela de Estados Unidos, el pasado 6 de marzo. Los comentarios inmediatos fueron confusos. El mismo Bush declaró que estaba conmovido por lo que calificó de un vergonzoso acto de cobardía. En París, por pura coincidencia, 400 especialistas se reunían para estudiar el tema; allí nos decían algo más: presenciamos una globalización de la inseguridad y la violencia, que muestra el fracaso de los actuales sistemas educativos. También hablaban de la necesidad de reconstruir la autoridad de la institución escolar y de quienes trabajan en ella.
No sabemos que resultará en este caso concreto, si el asesino es un desequilibrado o no. Pero todo apunta a una influencia de una crisis de valores, de indudable incidencia en la conducta de los más jóvenes, más aún si son personalidades enfermizas. Ya en los comentarios de esos días se hacía notar que sus padres estaban divorciados, con una familia de relaciones muy tensas, y que quizá consumía drogas. Sin embargo, la mayoría de las declaraciones destacaban el desconcierto de todos ante algo que no se explicaban. Cerraron temporalmente la escuela mientras movilizaban a un equipo de psicólogos para prestarles asistencia. Lo malo es que si no se sabe el por qué, mal podrán ayudar.
José Saramago, en su reciente reunión en La Antigua, a pesar del mensaje pesimista de toda su producción y de su comunismo y ateísmo declarados, dijo algo con lo que si estoy de acuerdo. Cada uno, vino a decir, lo que debería hacer es detenerse a pensar en lo que pasa en su vida, por qué las cosas son como son y no fueron distintas; y qué se debe hacer para que sean diferentes. No hay que seguir creyendo que los gobernantes deben cambiar las cosas. Quien tiene que cambiar es el ciudadano, la persona. No podemos seguir quejándonos, buscando siempre un motivo de queja y un culpable.
Volviendo al tema. No sabemos que va a hacer la legión de psicólogos para explicar la situación a los muchachos de la escuela de Santana, si ellos mismos no lo saben. Los psicólogos, los sociólogos tiene que volver a descubrir el agua azucarada. Mejor dicho, cada uno de nosotros. No se puede desviar –esconder- el verdadero tema, como hacía el Washington Post que en su editorial del siguiente día de la tragedia. Hablaba de la relación entre el enorme arsenal de armamento que puede obtenerse fácilmente y estos acontecimeitos horrendos. O querer arreglarlo con poner más controles para detectar armamento a la entrada de las escuelas.
El punto es, en mi opinión, que cuando una sociedad con su legislación, con su permisivismo está socavando los valores sobre la que se sustenta, principiando por el matrimonio, la familia, y la defensa y el respecto de la vida, no es raro que sucedan estos hechos lamentables. Son sólo la punta del iceberg. Pero la raíz -y la solución- hay que buscarla en la casa, en casa, en la protección que cada uno hacemos de los valores universales en que debe basarse una sociedad. El que no hace algo, que no se queje.