TENEMOS LA SOCIEDAD QUE NOS DEJAMOS IMPONER

21 de octubre 2000

Leí recientemente un artículo de Alvaro Castillo, En contra de la corriente, en que justamente habla de la necesidad de no dejarse imponer contra-valores en nuestra sociedad. Es lo que el dicho popular glosa atinadamente: camarón que se duerme, se lo lleva la corriente. Esto me comentaba mi amigo Oscar, que de alguna manera concretaba en hechos las recomendaciones de no quedarnos callados, no cruzarnos de brazos. Oscar me dio una lección practica de cómo hacerlo. Cuento como él me lo expuso.

Hacía semanas que me chocaba una valla publicitaria de un determinado licor: una señora muy poco vestida, en actitud provocativa, que se suponía que provocaba a ‘chupar’. No era gran problema, me contó Oscar, pero notó que no le gustaba pasar por ese lugar con su esposa y sus hijos. Se puso a analizar: el porqué le chocaba y que hacer. Es decir, se puso a pensar, primer paso para no dejarnos imponer lo que no es justo.

Sobre el porqué le chocaba descubrió que no era por algo estrictamente personal. Me pareció que esos señores estaban imponiendo públicamente algo que en el fondo era contra los valores que pienso deben prevalecer en la sociedad ‘en mi sociedad, y por supuesto en mi familia. Cada uno que piense y haga lo que quiera, pero que respete, que no imponga. Las razones eran más o menos así:

-Una persona tiene derecho, para él y para su familia, de una ambiente limpio. Eso, la publicidad unida descaradamente al sexo, lo enturbia. Es verdad que el licoreros pagarían su valla, pero la ciudad es de todos, deben respetar.

-Una empresa que promueve esa publicidad, turbia por no decir sucia, es una empresa mal posicionada: su imagen está asociada a antivalores. Sería bueno decírselo.

-Una empresa que no respeta los valores mayoritarios de la sociedad en que se mueve, está aprovechándose de esa sociedad en la que vive y de la que vive y está contribuyendo a desvalorizarla, a debilitarla. Son unos saqueadores de nuestros valores morales y culturales.

Hasta aquí señalo lo que el llamaba, el porqué. Después vino el que hacer. Ya fue sorprendentemente simple. Buscó en las páginas amarillas donde está ese tipo de bebidas... y allí estaba la empresa con abundantes teléfonos. Llamó al primero señalado, preguntó por Relaciones Públicas y entabló conversación con un señor muy correcto y amable. Receptivo. Pensaba de otra manera, pero escuchó atentamente. Aludió a como ese tipo de propaganda tenía gran éxito en cierto país del norte: mi amigo le contestó que por eso llamaba, porque no quería que tuviéramos aquí los problemas de una sociedad desvalorizada. El publicista quizá captó. La valla desapareció, al menos de aquel lugar. Lo que no hay duda es que ese señor recibió un mensaje que quizá nunca le dieron.

Y el mensaje es claro: los principios éticos de la sociedad son su fundamento. Son de alguna manera innegociables. Si alguien quiere ser un sinvergüenza en su vida privada, no puede proyectarlo en su trabajo publicitario. Hay que cambiar de mentalidad: una persona que interviene en los medios de comunicación social está vinculada, quiera o no quiera, a procesos educativos que afectan a la totalidad de la población. Todos, comenzando por los publicistas, debemos tener claro que la formación cultural y ética es imprescindible en toda sociedad civilizada; y el que los ciudadanos se comportan de manera civilizada, no son producto del azar, sino resultado de un proceso educativo.

Y volviendo a muestro tema inicial: si alguien ve algo que considera deformante de los valores que uno quiere para esta sociedad: anuncios de tv, radio, prensa cine, telenovelas... Que proteste! Por teléfono, por carta por fax, por email... Pero que no se calle: tendremos la sociedad que nos dejemos hacer. Siempre que sea preciso, hay saber ir contra corriente; quien no lo haga, que no se queje

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