HISTORIA DE UNA PILDORA ABORTIVA
Tengo un amigo que dice que da gracias a Dios por no haber nacido alemán ni pastor alemán. Pero no tiene razón. Los alemanes son dignos de todo respeto y algunos, además, muy valientes. Es el caso del Card. Joachim Meisner, arzobispo de Colonia.
En el Frankfurter Allgemeine Zeitung (16-I-99) explica que aprobar el uso de la píldora abortiva RU 486 en Alemania no es cuestión médica sino moral. Y el Instituto Alemán de medicamentos y productos médicos no es competente para decidir sobre la introducción de esa píldora. Meisner escribe que el Instituto ha de comprobar si realmente se produce el "efecto médico deseado", que en este caso es la muerte de un ser humano: pero esto no es una cuestión médica, sino moral. Por ello la Iglesia en Alemania se opondrá al gobierno en esta cuestión. Es valiente, claro y respetuoso con la autoridad.
Ya desde hace dos años. la agitada historia de la píldora abortiva RU 486 entró en su nueva etapa, cuando la compañía farmacéutica francesa Roussel-Uclaf, filial del grupo alemán Hoechst, cesó de producir la píldora y cedió gratuitamente sus derechos a su descubridor, Edouard Sakiz. Desde hace tiempo Hoechst deseaba desentenderse de la RU 486, que ha provocado controversias y amenazas de boicot sobre todo en Estados Unidos. Hasta entonces había sido utilizada sólo en Francia, China, Gran Bretaña y Suecia.
Las grandes firmas farmacéuticas no quieren comercializar el producto. También se le ofreció a la Organización Mundial de la Salud, que declinó la oferta. En Estados Unidos, ante el temor de boicot a sus productos, Roussel-Uclaf cedió en 1993 sus derechos de explotación sobre la píldora al Population Council, fundación dedicada a promover métodos anticonceptivos. Incluso la Food and Drug Administration (FDA), decidió antes de autorizarla pedir más información sobre su manufactura y distribución.
La prensa no suele hacer referencia a las dudas de los especialistas y los efectos colaterales de la RU 486: dolor; exige analgesia, durante la expulsión del feto; náuseas y vómitos; hemorragia importante en el 10% de las mujeres tratadas; entre el 5 y el 20% de los casos se produce retención del feto y es necesaria la intervención quirúrgica. Por estas complicaciones se excluyó ordinariamente la libre comercialización y se administró bajo control médico, pues supone al menos tres visitas a una clínica. Pero las declaraciones del Card. Meisner son contundentes y van al fondo de la cuestión.
En primer lugar: la introducción de esa píldora, ¿no es una "cuestión médica"? A primera vista parece claro: es el Instituto Alemán de Medicamentos el que decide si aprueba un determinado fármaco. Con razón no actúan representantes de la Iglesia en ese proceso. El Instituto ha de enjuiciar dos aspectos: primero, si los efectos colaterales de un fármaco son aceptables; segundo, si el efecto médico deseado se produce realmente. Por lo que se refiere a la primera cuestión, en el caso de la RU 486 hay que confesar que la Iglesia no tiene competencia propia. Respecto a si realmente se produce el efecto deseado, a uno se le hiela la mano al escribir. Pues el "efecto deseado" de la RU 486 es... la muerte de un niño. Aquí, la Iglesia ha de elevar la voz y decir la verdad: matar a un ser humano no es ninguna "cuestión médica"; enjuiciar un "efecto deseado" de dichas características supera las competencias del Instituto Alemán de Medicamentos. Matar a un ser humano es una cuestión moral.
Es una intervención valiente. Y respetuosa, añado. Vale la pena una última afirmación de Meisner: La Iglesia reivindica el derecho a "someter a un juicio moral también las cuestiones políticas, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas", como dice el Concilio Vaticano II. Pero esto significa también que ha de hablar partiendo del mensaje cristiano y que no ha de dar su opinión sobre cualquier asunto. Si se inmiscuyera continuamente en la política, pondría en peligro su reputación y, sobre todo, su misión. La Iglesia tiene un legítimo respeto frente al Estado y a la política, que se manifiesta en su discreción en cuestiones en las que no tiene competencia propia.