EL CODIGO DEL NIÑO: UNA MOMIA MODERNA
Leí un reciente comentario de Alfred Kaltschmitt titulado las siete vida del Código de la Niñez. En el manifestaba su sorpresa ante la aparición de nuevo en escena de este Código, ya calificado por muchos de mamarracho, aberración jurídica y no se cuantas cosas más. El lo califica de churro ilícito de arbitrariedades, ilegal y peligroso mamotreto, compendio nefasto de inconsistencias y arbitrariedades.
Aparentemente es absurdo que siga vivo: tiene inconstitucionalidades para todos los gustos: contra la propiedad privada, defensa de la familia, la ley de emisión del pensamiento, libertad de los medios de comunicación.
Quisiera añadir a lo ya expuesto, que no hay sorpresa: el Código nunca murió: se paró, se le dejó momificado y va a resucitar mil veces a menos que se le entierre de una vez.
Tampoco hay sorpresa en que cueste enterrarlo: hay muchos intereses extranjeros en introducir este Código. Como comenta Kaltschmitt, hay muchos sectores internacionalistas y sus cajas de resonancia locales apoyándolo. Esto mantiene viva a la momia. Parafraseando a Daniel P. Moloney en un artículo en First Things (Nueva York, mayo 1999), hay que tener mucho cuidado para no dejar que nuestro deseo -por parte del gobierno o de las ong locales- de aprobación por parte de los gobiernos que nos ayudan, afecten a nuestro propio modo de concebir la vida y la sociedad. Mucho dinero que nos viene son regalos envenenados. Hay muchos grupos de presión que no quieren que la familia eduque a los niños, sino ellos. Basta leer uno de los desplegados de prensa del Fondo de Población de NU: el número de personas que habiten el planeta en el año 2050, dependerá de las "decisiones que los actuales 1000 millones de jóvenes tomen con respecto al espaciamiento de los hijos que tendrán".
Tampoco haya sorpresa porque el Código lo han seguido trabajando -maquillando- a puerta cerrada. Han oído -sólo con fines cosméticos- y han dejado el fondo igual. Incluso alguien comentaba que el próximo 27 harían una presentación del mismo en un hotel capitalino. No hay que dejarse sorprender, porque lo lamentaría el país y muy a fondo. Sin considerar las incostitucionalidades y los peligros políticos -el tremendo poder que se daría no se sabe a quien-, y lo mal que cae que nos estén manipulando desde fuera, hay dos puntos que invalidan totalmente el Código
Parte de una mentalidad de sospecha general hacia los padres, facilitando mecanismos de denuncia contra ellos. Fomenta, por su filosofía de fondo, la desvalorización de la patria potestad y, por tanto, de la familia. Esto mata a la familia y por tanto a la sociedad. Esto es peor que las inconstitucionalidades. Aunque las arreglaran.
Junto a lo anterior, si se aprueba el Código, no hay que dejarse engañar con el cómodo argumento de que aquí estas cosas no funcionan. Funcionaría necesariamente, porque crea un aparato burocrático nunca visto antes, encargado de administrar sospechas y denuncias: poderoso, potencialmente dañino. Financiado desde fuera, va a estar actuando necesariamente. Aunque lo integraran personas con la mejor buena voluntad, harán competencia a las familias en todos los niveles: barrios, escuelas, diversiones, etc.
. Se cometió un error al aprobarlo. Ahora empeñarse en lo equivocado generaría m<s desconfianza aún. Políticamente, lo acertado es anular el Código
Y quedaría el camino libre para hacer muchas cosas positivas en la protección del niño. Fortaleciendo los valores en la sociedad: el primero de ellos, la familia. Debe desarrollarse una verdadera política de verdadera protección de la familia. Lo que daña más al niño son malas políticas hacia las familias. El primer paso en esta línea es derogar el actual código, sin más. Enterrar la momia.