NAVIDAD... ¿DE QUÉ?

Cuando viene la Navidad, abundan los slogans comerciales y frases más o menos convencionales. Y otras muchas llenas de contenido que suelen ponerse en las felicitaciones de Navidad: Que la paz les acompañe en estos días... Que el Niño Dios les llene de felicidad... Una Santa Navidad... y muchos añaden: En unión con su familia. Son grandes verdades y valores que forman parte de una cultura cristiana, y es compartida incluso por no cristianos. Muchos, son valores universales. Y no podemos dejar que se olviden.

Nos lo recuerdan desde donde menos lo esperábamos. La Cámara de Diputados de Uruguay aprobó una declaración que a 2000 años del nacimiento de Jesucristo reconoce su figura «por los valores enseñados para la construcción de una sociedad justa, tolerante, solidaria y respetuosa de los derechos humanos». A pocos días de Navidad, la moción se aprobó después de un inédito debate sobre religión y laicismo. La noticia tiene particular relieve porque Uruguay, declarado aconfesional en 1917, se consideraba tradicionalmente como uno de los países de raíces más liberales y anticlericales del continente americano. Por ejemplo, todavía la Navidad se llama oficialmente el «Día de la Familia», la Semana Santa es la «Semana del Turismo» y la Epifanía el «Día de los Niños»...

El congreso uruguayo, aunque se queda corto, pone de relieve algo que no podemos olvidar. El Nacimiento de Cristo, instaura el mensaje de la Navidad, que lleva a vivir más la solidaridad. Especialmente importante en la sociedad nuestra –más en los países autodenominados desarrollados- en que el peligro, por el mismo deterioro de la familia, es la soledad en medio de las masas. Cuando Octavio Paz recibió en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura hizo un diagnóstico, duro pero certero, de lo que ocurre. Dijo que en la sociedad actual hemos alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo son islas de abundancia en el océano de miseria universal. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. «Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales. La contaminación no sólo infecta el

aire, los ríos y los bosques, sino las almas. Tenemos el deber de criticar nuestras sociedades para perfeccionar el mundo». Podemos arreglar este mundo nuestro. Basta de lamentos estériles y de posturas negativas.

Y la Navidad es una época de oro para volver a pensar en la solidaridad como la regla básica de nuestra actuación hasta que nuestras relaciones personales, las de todos mejoren en calidad, destruyendo los muros que nos incomunican. El mensaje cristiano de la caridad –o solidaridad, si se prefiere- es precisamente uno de los principales logros de la sociedad civil en estos últimos años. Cada vez se abre paso más la convicción de que la postura egoísta de centrarse en uno mismo es un daño incluso para la sociedad. Y que el gastarse en promover el bien de los demás constituye un bien para uno mismo, pues la persona encuentra su mayor realización y plenitud en una donación a los demás.

Una palabras recientes del Papa pueden ayudar en este mismo tema: «Las luces de las calles recuerdan un aspecto de la fiesta, el más exterior que, si bien no es negativo en sí mismo, corre el riesgo de distraer del auténtico espíritu de la Navidad. Ciertamente la Navidad se ha convertido, y con toda la razón, en la fiesta de los regalos, pues celebra el regalo por excelencia que Dios ha hecho a la humanidad en la persona de Jesús. Pero es necesario que esta tradición sea vivida en sintonía con el sentido del acontecimiento, con un estilo sencillo y sobrio» y añadía: con gestos de caridad hacia los más próximos y más necesitados. Un buen recordatorio, un buen programa, al alcance de todos.

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