PROGRESO SOCIAL Y LA COHABITACIÓN EN PAREJA
En una reciente publicación sobre paradojas comentaban que hay cosas que a primera vista parecen incomprensibles; y a segunda también: se refería a que donde más progresa el progreso, más horas trabaja la gente. Es lo que en Japón llaman karoshi. Me recordaba de esto a propósito de otra noticia, procedente de Estados Unidos, que comentaba que cada vez más parejas están dejando de lado el matrimonio para optar más bien por la cohabitación. Y daba datos estadísticos que, como de costumbre, pueden adaptarse a todos los gustos; aunque explica que la cohabitación no se presenta como un reemplazo del matrimonio, porque ahora se casan tantos estadounidenses como antes. En Inglaterra, señalan el mismo problema, según los datos citados por Rebecca O’Neill en «Experiments in Living: The Fatherless Family». El estudio, publicado el pasado septiembre por Civitas, sin embargo, observaba que las cohabitaciones tienden a ser frágiles, con un promedio de dos años antes de romperse.
Pero todos concluyen con algo que se presenta como fuera de toda duda. En el problema de la cohabitación, las mujeres se llevan la parte más dura. William J. Bennett, en su libro de 2001 «The Broken Hearth: Reversing the Moral Collapse of the American Family», presenta juntos varios datos que demuestran las desventajas de la cohabitación. De sentido común, por lo demás...
Algunas personas, observaba Bennett, justifican el vivir en común antes del matrimonio diciendo que es una buena oportunidad para probar la compatibilidad. Pero los hechos dicen otra cosa: la probabilidad de un divorcio subsiguiente casi se dobla entre las parejas que cohabitaron antes de casarse. Y mientras algunos denuncian que el matrimonio es una institución que lleva a la violencia contra las mujeres y los hijos, Bennett observa que vivir en cohabitación fuera del matrimonio actualmente aumenta las posibilidades de violencia doméstica. La cohabitación también aumenta la disposición a padecer depresiones y a la infelicidad sexual.
Bennett afirmaba también que entre las parejas que cohabitan, las mujeres sufren desproporcionadamente más. Es menos probable que las parejas casadas unan sus ingresos, y puesto que los hombres ganan con frecuencia más que sus parejas, esto daña a las mujeres. Además, las relaciones de cohabitación son propensas a la infidelidad; los hombres y las mujeres que cohabitan son el doble de infieles. Y cuando la cohabitación se rompe, las mujeres normalmente terminan cuidando de los hijos, pero sin la protección legal que aporta el matrimonio.
En Francia descubrieron el agua azucarada -sin azucar...-: legalizar parejas de hecho, pero sin matrimonio. Los problemas se manifestaron, entre otras cosas, en el régimen patrimonial, dando lugar rupturas. "Muchas parejas piensan firmar un contrato flexible que preserva su libertad", declara a La Croix (18-XII-2002) el notario de París Bertrand Savouré. "La desilusión viene cuando toman conciencia de los deberes y de las obligaciones que forman parte del contrato". Todo da la impresión de que esas uniones van a ser más inestable que el matrimonio. Según un estudio sobre sentencias de divorcio en 1994, los franceses se divorcian, como media, tras 14 años de matrimonio. Estas uniones de hecho, en tres años, se han roto ya el 10%.
Es evidente que este aumento de la cohabitación no es más que un falso progreso. Algunos intentan justificar lo que denominan «matrimonios de prueba». Pero no es aceptable llevar a cabo experimentos con seres humanos, cuya dignidad exige que sean siempre y únicamente objeto de un amor de donación, sin límite alguno ni de tiempo ni de otras circunstancias. Esto puede sonar a algunos como utopía, pero la misma experiencia -aparte de otras muchas razones- confirman que esto es lo que hace felices a las personas. Para un sólido desarrollo sostenible, es preciso poner a la mujer y al hombre en el centro del desarrollo. Y parte necesaria de esto es basar la sociedad en la familia; y ésta en el matrimonio: uno para una y para siempre, abiertos a la vida. Sólo así las sociedades podrán ser felices... hasta las de los países desarrollados. Y por supuesto, nosotros.