COHABITACION, MATRIMONIO Y SOCIEDAD

La historia es real y de hace pocos días. Mi amigo tiene enferma a su esposa: lo lleva bien, con sus abundantes hijos. Vive en medio de estrecheces, pero con sentido positivo, reforzado con sólidos valores cristianos, que, en gran parte, no son sino los valores humanos universales, coherentemente vividos. Le llamó su hermano desde un país frío del norte, para ofrecerle ayuda económica –la necesitaba-, y al final le dijo, mas o menos así: tengo tres carros, yakussi, una casa de campo... pero estamos terriblemente solos: mi hijo ya no quiere salir conmigo, no me llevo bien con mi esposa: descuidé mi familia. En cambio ustedes, viven felices... Y tenía razón: le faltaba la felicidad de una familia sólida, basada en el matrimonio: la de siempre..

Contrasta esta realidad con una avalancha de reportajes y comentarios, que parecen presentar las dificultades del matrimonio. Incluso con estadísticas, más o menos válidas, pretenden presentar como razonables cosas que no lo son: nuevos modelos de familia. Pero nada hay más irracional que pretender invalidar el matrimonio porque haya dificultades: eso es tener una visión falsamente idealizada de la vida, olvidando que las dificultades son lo normal en el camino hacia la plena integración afectiva. No es verdad que el modelo tradicional haya fracasado, que traiga mala suerte el casarse, que el matrimonia tienda a terminarse a los siete años y otros inventos por el estilo. En cambio, lo que si está demostrado es que la cohabitación es más frágil que el matrimonio.

Un reciente estudio, de Jim Gilchrist en The Scotsman (Edimburgo, 15-VIII-2000), pone de manifiesto el efecto negativo de la simple cohabitación sin casarse. Menos del 4% de las parejas de hecho duran 10 años o más. Las parejas de hecho que no culminan en boda se rompen en proporción cuatro veces mayor que los matrimonios. Las mujeres, además, tienen más riesgo de padecer violencia que en un matrimonio. La salud suele ser peor, ya que quienes cohabitan se permiten mutuamente con más facilidad que los cónyuges el abuso de alcohol, las drogas y el tabaco. Las parejas que cohabitan son menos fieles que las casadas. Por último, la cohabitación parece ser la puerta de entrada para la maternidad en solitario, especialmente entre las mujeres con pocos recursos económicos. Las consecuencias son especialmente graves para los niños: peor rendimiento escolar, más problemas psicológicos y un significativo aumento del riesgo de ser objeto de malos tratos. Concluye el estudio que la cohabitación parece ser el camino perfecto para que los hombres sigan comportándose como si estuvieran solteros (en realidad, siguen solteros), tanto por lo que atañe al trabajo como respecto a su vida social y a las responsabilidades en casa y con los hijos.

Pretender dar carácter de normalidad a este nuevo "modelo de familia" ha tropezado con una dura e innegable realidad. En Estados Unidos cada vez más estudios –como el reciente de Francis Fukuyama, en La gran ruptura– ponen de manifiesto los costes sociales de las disfunciones en la familia. También en Francia, cuando se analizan problemas que afectan hoy a los jóvenes (drogas, alcohol, indisciplina, violencia escolar...), se señala el riesgo el ser educado por un solo padre. Los efectos desastrosos para la sociedad se ven cada vez más.

La conclusión es fácil y de gran interés para nosotros. Las familias con un solo padre -madres solteras en gran parte- tienen necesidad de ayuda. Pero no se puede hacer cortinas de humo: de nada sirve esconder las dificultades familiares con "cambios en los modelos de familia". Lo que se necesita –necesitamos en Guatemala- es reforzar con los instrumentos jurídicos, económicos y educativos la familia fundada en el matrimonio, la única que funciona. Es decir, que haya una auténtica política familiar por parte del gobierno, que ayude a la familia, base de una sociedad sana.

Hosted by www.Geocities.ws

1