LINCHAMIENTO DE LA ESPERANZA

Cuando se leen noticias sobre linchamientos, como el reciente caso de Senahú, uno de los más profundos daños que ocasionan es que desmoralizan. Algunos piensan que vamos de mal en peor, y, como señala el titular, se mata la esperanza. Es decir, se cae en el refugio tentador de la desesperación, de abandonar el compromiso por hacer un mundo mejor. Aquí no se puede, es la frase mortal. Una tentación que, en definitiva, es de pereza, porque lo más cómodo es renunciar a todo tipo de compromiso. Es la postura de los que están convencidos de que no se puede cambiar nada, de que todo esfuerzo está destinado al fracaso, más aún en este minúsculo punto de la tierra. Pero eso, abandonarse a la tentación de dejarse aplastar por el peso de las cosas que van mal, aparte de estéril, es falso e injusto; por esto es bueno considerar el tema.

La cuestión de estos crímenes, llamados linchamientos, en si es clara. Como señalaba recientemente en estas misma columnas Carlos Escobar Armas, nunca son hacer justicia, es cometer un crimen. Y también están claras las medidas que deben tomarse son claras: fortalecer la Policía Nacional Civil, el Ministerio Público, el sistema judicial y penitenciario en definitiva. Es decir, fortalecimiento del Estado de derecho. Cualquier otro derecho, aunque se llame consuetudinario, no es solución: sólo el Estado de Derecho, igual para todos.

Pero hay otro factor que no puede dejarse de lado, si se quiere ir a fondo. El derecho no tiene en sí mismo su propio fundamento, si se separa de los fundamentos antropológicos y morales. No nos salimos del tema de los linchamientos. Una sociedad –żla nuestra?- para tener un auténtico estado de derecho, debe basarse en los valores morales trascendentes y protegerlos. Y gran parte de ellos surgen en la familia. Si la sociedad –es decir, nosotros- no la protegemos en las leyes, en el régimen tributario y en el sistema laboral, estamos edificando sobre una base endeble, muy peligrosa. Es similar a lo que señalábamos en relación a las situaciones dramáticas de violencia escolar en Estados Unidos. Una sociedad que deshace valores y después intenta arreglar los problemas consiguientes, sin ir a fondo, es como el incendiario que después hace de... bombero.

Pero no olvidemos que la sociedad somos cada uno de nosotros. Cada vez que oímos estos casos, sin rechazo radical y sin dejar que nos maten la esperanza, estamos contribuyendo a este desastre de los linchamientos. Sin necesidad de llegar a expresiones desafortunadas y nefastas, como "bueno estuvo...", "sólo, con el palo entienden...", o la dramática despedida de la esperanza: "aquí no se puede...". O los que cierran los ojos adormilados por el sueño de la indiferencia: estos quizá son los más equivocados, porque esto nos importa a todos. Como también es echar balones fuera achacar estos crímenes a la pasada confrontación armada, a las violaciones de los derechos humanos, etc. Cuando hay una cultura verdaderamente fuerte en valores, la historia demuestra que la gente y la sociedad entera, cuando quiere, no reacciona con violencia injusta ante la violencia. Y arregla los problemas.

Hay que insistir siempre en que esos crímenes –los llamados linchamientos- son en sí una gran injusticia, aunque fuera hecho contra culpables. La justicia tomada por la propia mano se convierte, por definición, en injusticia. Por eso, basta de lamentos estériles y de posturas negativas a ultranza. Tenemos que apuntalar esta sociedad que parece que se tambalea, en gran parte por la pérdida de recursos morales que son su fundamento.

De todas formas, como señala Kaltschmitt, los responsables de Senahú deben ser localizados, juzgados y castigados con la más alta condena que define la ley. No hacerlo es enviar el mensaje de que salvajadas como estas tienen pase gratuito. Sólo añado: por Dios, que sea rápido y sin güisachadas...

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