EL ESCÁNDALO DE LOS SACERDOTES FIELES
Mi amigo Tomás me comentó a la entrada del trabajo: problema éste de los sacerdotes, mejor sería que se casaran... De otra manera, más al estilo de aquellas tierras broncas, lo señalaba El País (España). Con una espectacular sacada de la manga, Galán, corresponsal del diario en Roma señalaba: "Los cardenales norteamericanos plantearán al Papa el fin del celibato y la ordenación de mujeres". Falso, por supuesto. Pero, según la técnica de algunos, si se introduce sabiamente el factor tiempo, se puede conseguir que una mentira de hoy sea una verdad de mañana. Porque suprimir el celibato no arreglaría nada.
Sobre el celibato hay muchas razones que cualquier católico con sentido común conoce y acepta sin problemas. Como explicaba el Obispo Auxiliar de Managua, Mons. Solórzano: El celibato es una comunión con el celibato de Cristo, es estar en intimidad con Cristo y lleva a tener una mayor disponibilidad con el pueblo cristiano.
Ciertamente, el que los abusos sexuales se den en muchos otros sitios –no es ni exclusivo ni se da especialmente en la Iglesia Católica, todo lo contrario- no disminuye la gravedad de lo ocurrido entre parte del clero católico norteamericano. Lo que sí se pone en duda es que la abrogación de la exigencia del celibato sirviera para evitar los casos de abusos sexuales. Es evidente que si un sacerdote no quiere respetar el compromiso del celibato, no necesita fijarse en un menor. Igual que si incurre en ese abuso una persona casada, no se puede echar la culpa al compromiso que le obliga a ser fiel a su cónyuge. Además no es problema que afecte a la inmensa mayoría de sacerdotes, que son fieles a su compromiso de castidad. Por el contrario, como la experiencia y el sentido común señalan, la vida y predicación de los sacerdotes contribuye a luchar contra la explotación sexual.
El problema está en una minoría. Pero nada de esto se arregla con el matrimonio. Las estadísticas muestran que buena parte de los casos de abusos se producen dentro de la familia (padres o compañeros de la madre), y el matrimonio nunca ha tenido una función terapéutica para curar las tendencias sexuales desviadas.
Pero veamos otras fuentes, aunque, como señalé, basta mirar la realidad. La revista evangélica norteamericana "World" publicó recientemente (Washington DC, 5 May. 02 ACI) un duro reportaje en el que revela que también los ministros evangélicos casados se han visto envueltos en escándalos tanto o más graves que los que han afectado a la Iglesia Católica. El pastor luterano John Lundin, fundador del Instituto para Traumas Sexuales, al comentar el artículo de "World" en el que tres ministros de diferentes denominaciones evangélicas admiten sus abusos, hace ver que ninguno de ellos tiene un compromiso de celibato. La revista señala también –es justo- que el clero de las diversas religiones no tiene más conductas incorrectas sexuales que el promedio de la población y probablemente tenga menos, pero reciben una crítica muy intensa por el mismo grado de confianza con que cuentan. Según Ian Evison, del Instituto Alban de Bethesda dedicado al asesoramiento de iglesias protestantes, señalar el celibato como fuente de problemas en la Iglesia católica es "insostenible a la luz de lo que ocurre con las iglesias protestantes". "Los protestantes somos prueba viviente de que se pueden tener serios problemas de abusos aún sin celibato", concluyó el experto. "Casos de pedofilia han ocurrido en la iglesia episcopaliana", reconoció recientemente la agencia religiosa Episcopal News Service, al revelar acuerdos extrajudiciales por 105 millones de dólares.
No se puede olvidar que los casos de abusos sexuales con menores han ido creciendo también en ámbitos que nada tienen que ver con el sacerdocio. Y los clérigos –a lo largo de medio siglo- que hayan incurrido en estos abusos son una pequeñísima minoría frente a los 46.000 sacerdotes católicos de EE.UU. La gran mayoría asumen con fidelidad el celibato, con el mismo esfuerzo o dificultad con que un casado procura ser fiel a su cónyuge. Y hay que agradecérselo, por el bien que hacen a la sociedad entera. Lo otro es de sectario o de ciegos.