LA RELIGION, ¿CULPABLE?
Desde los atentados del 11 de septiembre, han abundado advertencias sobre el peli-gro de que la religión degenere en fanatismo y enfrentamientos. En Guatemala, algunos columnistas han externado la opinión de que las religiones han sido las culpables. Y hay quienes sostienen que violencia y religión suelen ir juntas. Algunos hasta meditan sobre lo bien que iría el mundo con una religión debilitada: "La única religión buena es la religión moribunda: las creencias son tolerantes y pacíficas cuando son débiles".
Porque para algunas personas que de la religión sólo se interesan por sus patologías, la firmeza de convicciones religiosas rima con fundamentalismo y las discrepancias de fe atizan los conflictos.
Pero no hace falta ser creyente para observar que la influencia de las religiones es mucho más pacífica de lo que sugiere ese diagnóstico. Es todo lo contrario. Recientemente (11 Mar. 02-ACI), con ocasión de un encuentro organizado en Nicosia (Chipre), Juan Pablo II destacó que la religión es el antídoto contra la violencia y la guerra. Señalaba que hay que favorecer la comprensión entre los pueblos, sentando así las bases para hacer frente a los muchos problemas que pesan sobre la familia humana al principio de este milenio. Desde un correcto sentido religioso, no sus caricaturas, no hay fundamento alguno, ni teórico ni práctico, a las discriminaciones entre individuos y pueblos. La razón es que todos compartimos la misma dignidad humana y los derechos que de ello derivan.
El que un terrorista suicida estrelle un avión contra el World Trade Center al grito de "Alá es grande" tiene más que ver con el nihilismo que con la religión. El nihilista, como explica André Glucksmann en su último libro Dostoievski en Manhattan, ya invoque a un Dios del que se considera instrumento o a una ideología atea, actúa con la idea de que "todo me está permitido", ocultando –conscientemente o no- el mal y la crueldad en nombre de la causa. Se está convirtiendo a la religión en un arma para marcar la diferencia con el adversario e invocarse para bendecir ambiciones de poder. Pero en estos casos el enemigo no lo es porque crea en otro Dios, sino porque es un competidor terreno.
No hay que dejarse engañar. Por ejemplo, la lucha entre palestinos e israelíes no es, en primer término, una guerra de religión. Comenzó como una contienda territorial y a partir de 1967 ambas partes empezaron a invocar a Dios. Pero, para los israelíes y palestinos, el motivo de la guerra sigue siendo la tierra. Las ideas fundamentalistas sobre Dios solo son quimeras religiosas, proyecciones hechas a medida humana.
Es cierto que el fanatismo se asocia frecuentemente con la religión, pero no es una criatura suya. A lo más, una deformación enfermiza de la misma, como una enfermedad cancerosa es una deformación patológica de las célula vivas, no una consecuencia del vivir; y mucho menos, que sea necesaria.
Ciertamente, también hay fanáticos religiosos, pero igual que puede haber un científico fanático dispuesto a emplear cualquier medio para ser el primero en producir un bebé clónico; o un político fanático que no duda en recurrir a la limpieza étnica para asegurarse el control del territorio que considera patrimonio de su nación. Pero no por eso hay que concluir que la ciencia o la política amenazan la convivencia pacífica.
A la religión le ocurre como a todos los sistemas de creencias, todos los sistemas de valores: pueden usarse para el mal o para el bien, incluyendo a la ciencia. Por otra parte, hay que reconocer que, mientras algunos han usado su fe cristiana para la agresión, los más importantes detractores de la guerra, la persecución, la opresión y la esclavitud en la historia de Occidente se han movido también por convicciones religiosas. En el caso concreto de la fe cristiana, hay que ser históricamente miope –o sectario-, para ignorar el bien que han hecho a la sociedad quienes sostienen sinceramente los dos grandes mandamientos cristianos – "ama a tu Dios", y "ama a tu prójimo como a ti mismo". Los fallos de personas en la historia se deben a su debilidad o sus errores. En cualquier caso, son a pesar de los principios cristianos.