EL PAPA ¿POPULAR O IMPOPULAR?

Es curioso el fenómeno de la intolerancia de algunos tolerantes. Nadie duda del derecho de poner reglas del juego en su propia institución: por ejemplo, si Cayo y el Irtra disponen que no debe entrarse cerveza en sus centros... no se discute. En cambio, si el Papa señala –recuerda más bien- algunas reglas de la Iglesia, algunos se permiten criticarlo, y, además, sin sentido. Sin sentido: ¿Por qué?...

Recientemente el Vaticano recordó que los divorciados vueltos a casar no pueden comulgar. Despotricar por esto contra el Papa es un sinsentido: la declaración (está accesible en Internet) es del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos. Porque el Papa nada tiene nuevo que añadir: ya está dicho claramente desde hace ocho años –en la misma línea de hace unos 2000- en el catecismo de la Iglesia. El Consejo ya citado –en honor a su nombre— sólo aclara su interpretación, como hace aquí la Corte de Constitucionalidad en su campo. Y la declaración citada es realmente un prodigio de delicadeza para los mismos divorciados y, por supuesto, para la Eucaristía, que de eso se ocupa la autoridad en la Iglesia.

Por otra parte, no hay duda de que Juan Pablo II no habla buscando apoyo o una fácil popularidad. En los viajes, por ejemplo, va a recordar que todos pueden y deben ser mejores, aunque plantee doctrinas difíciles. Los pocos que por esto lo descalifican, no dudarán en pedir medidas "aunque sean impopulares" cuando se trata de la campaña contra los cigarros o de contener la inflación. El Papa hace sus planteamientos convencido de que ser cristianos tiene sus exigencias claras. De todas formas, la popularidad del Papa es evidente, a pesar de esos planeamientos impopulares: tiene un índice de aceptación que cualquier gobernante envidiaría. Atrae multitudes.

Tampoco hay duda de que está enfermo y cansado. Lo delata claramente su figura doblada, su caminar cansino: necesita apoyarse en su bastón. Esto no parece ser bueno en el mundo actual, en el que un político debe irradiar impulso juvenil, en que ser líder empresarial presupone un alto nivel de condiciones físicas. Pero paradójicamente, no hay duda que las mismas limitaciones físicas del Papa tienen un gran poder de atracción, especialmente entre la juventud. Alguien comentaba que su misma figura es como una especie de bofetada moral, de recordatorio de que su doctrina es consistente. Y a pesar de esas limitaciones, es innegable su capacidad de dirigir la Iglesia: difícilmente se encuentra un dirigente con tal cantidad de proyectos, de novedad de planteamientos. Como se recordó recientemente, cuando alguien le comentó que algunos decían que debía renunciar porque arrastraba los pies y que le temblaba la mano izquierda, contestó que el no gobernaba con los pies y que firmaba con la mano derecha. Tiene una claridad de cabeza y de ánimo que muchos jóvenes desearían.

De vez en cuando algunos afirman que si la Iglesia no cambia tal doctrina o práctica, no tendrá futuro (anticonceptivos, divorcio, aborto, matrimonio de sacerdotes...) Esos temas van cambiando: lo permanente –según ellos- es una pretendida necesidad de adaptarse a lo actual, si no se quiere perder el tren de la historia. Por ejemplo, en los años setenta, algunos criticaban a la Iglesia por no aceptar el marxismo al menos como método de análisis de la realidad, si quería estar de acuerdo con el espíritu de los tiempos. Igualmente, en algunos ambientes –con poca visión de la realidad del hombre- reprochan hoy a la Iglesia que no transija en los temas antes señalados.

Además, aunque sea una razón circunstancial, basta ver como las confesiones cristianas que han transigido en estos puntos, no han tenido una mejora; al contrario, mayor deserción.

El problema de la Iglesia es que considera que su doctrina está dada claramente por Dios, precisamente para el bien del hombre; y que es el hombre quien debe ponerse al día con ella. Ésta es precisamente nuestra fortuna: los cristianos coherentes siguen siendo, a través de los siglos, una conciencia moral, un bien para todos los hombres.

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