GLOBALIZACIÓN: ¿UN MAL NECESARIO?

En un reciente ensayo de Jeffrey D. Sachs, profesor de economía de la Universidad de Columbia, publicado en este diario sobre la temida guerra con Irak, pone de relieve como podría poner en duda el proceso de globalización y la estabilidad económica global.

Hoy en día, la globalización, ha dejado de ser un asunto de especialistas. La palabra en sí parece que viene de Marshall McLuhan, quien la utilizó para describir cómo nuestro mundo, a raíz del desarrollo de los medios de comunicación, se convertiría en su famosa "aldea global".

Lo que hace pensar que nos encontramos ante un fenómeno más que conomico, es que desde hace unos tres años abundan noticias de personas que viajan de un continente a otro para protestar ante las sedes donde se celebran las reuniones del G7, conjunto formado por los representantes de los países más desarrollados del mundo. Una de las últimas, con grandes desórdenes y hasta muertes, tuvo lugar en Génova con motivo de reunirse allí ese grupo. Quienes se oponen son personas de las más variadas tendencias: algunos ecologistas que protestan por los daños que el crecimiento económico origina en la naturaleza; otros, marxistas nostálgicos, que no saben lo que añoran por no haber vivido las consecuencias de esa doctrina; otros, simples alteradores del orden. Incluso encuestas recientes señalan que un cuarenta por ciento de universitarios son contrarios a la globalización.

Achacan a la globalización de la economía el aumento de las desigualdades, el imperio de las multinacionales sobre los gobiernos, la falta de regulación de los mercados... Los que ven la globalización como un fenómeno positivo destacan, en cambio, que está sirviendo para que avancen los países ricos y los pobres, aunque algunos vayan más lentos de lo deseable, y que el fenómeno de la globalización impulsa la riqueza.

Resumo los cuestionamientos, siguiendo un interesante analisis del doctor en

Economía por la Universidad de Chicago, Juan J. Toribio, actual Director del IESE Unos dicen que la globalización supone una seria amenaza para los trabajadores de los países emergentes -nosotros-, puesto que su insuficiente grado de formación y la ausencia de tecnología avanzada sitúan a sus empresas en desventaja frente a las de los países desarrollados. Ante esto, el FMI ha llevado a cabo estudios rigurosos sin encontrar evidencia que lo sustente. Señala que la desigualdad salarial entre la mano de obra especializada y la de menor formación profesional es por los cambios tecnológicos y por la lentitud de adaptación de los sistemas educativos, no por la globalización.

Otras críticas aseguran que, como consecuencia de la globalización, "los países ricos son cada vez más ricos, mientras los países en desarrollo se hunden cada vez más en su miseria". A esto contestan que efectivamente, "los países ricos son cada vez más ricos", pero también que una gran mayoría de las economías pobres lo son cada vez menos, aunque la velocidad de su progreso sea inferior a lo deseable. Pero sólo por ignorancia de la historia puede afirmarse que los países económicamente atrasados conocieron alguna vez épocas mejores que las actuales y que –como pretendidas víctimas de la globalización– han retrocedido después en su calidad de vida. Y el hecho de que se avance con menos rapidez de lo que nos gustaría, no nos autoriza a hablar de retroceso.

Pero lo que verdaderamente importa es percibir que detrás de la globalización hay mucho más que la simple economía. Sólo así estaremos preparados para insertarnos en un mundo cambiante, y aprovechar las ventajas que nos brinda. La globalización supone una tensión entre los valores locales y los que se reciben desde el exterior, y debemos defender nuestra cultura, fuente de identidad individual y nacional.

La globalización, en sí, no es ni buena ni mala. Depende de lo que las personas hagan. Será buena si la hacen al servicio de la persona humana, de la solidaridad y que si provea al desarrollo material, pero nunca sofocando los valores del espíritu. La globalización puede ser una ideología más que nos uniformice o un instrumento de enorme valor para sacar a los pueblos de la pobreza. De nosotros depende.

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