LA GLOBALIZACIÓN, ¿AMENAZA U OPORTUNIDAD?

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Siglo 21, mayo 5, 2001

En Guatemala, según algunos y con razón, tal parece vamos para atrás como el cangrejo. En una entrevista a una artista definía la realidad de la gente en Guatemala, de desesperanza, como una depresión colectiva. Realmente el gobierno, el partido, el general parecen ser causa suficiente de esa crisis. Pero a veces se buscan también causas internacionales, en concreto la globalización. Vale la pena algunas consideraciones sobre el tema.

La Cumbre de las Américas concluida el domingo 22 de abril en Quebec será recordada, entre otras cosas, por unas protestas que los sociólogos llaman el primer gran movimiento de contestación del siglo XXI. Un conjunto de sensibilidades e ideologías reunidas gracias a un enemigo común: la globalización.

Algo sucede. ¿Debemos temer en Guatemala a la globalización? ¿Podemos oponernos a ella? ¿A quién beneficia y a quién perjudica? Da la sensación de que los países y las empresas deben ajustarse a este "nuevo" orden mundial. Pero, por otro lado, desde el punto de vista del trabajador y el simple consumidor, no se presenta como que todos vamos a ser ganadores.

La globalización –muchos la presentan así- es como el triunfo de la economía de mercado sobre un sistema que históricamente colapsó con el derrumbe del sistema colectivista en Europa Central y Oriental. La primera consideración es que indudablemente es un fenómeno que se presenta como irreversible y que va a adquirir cada vez mayor relieve. Pero es algo fruto de opciones libres: como todas las cosas humanas está cargada de promesas y oportunidades, pero también de serios peligros. Veamos estas dos facetas.

En lo positivo es evidente el incremento de la eficiencia y de la producción, las más intensas relaciones entre naciones y las culturas, y consiguientemente mayor unidad entre los pueblos. Y a la vista están las nuevas posibilidades de solidaridad con los menos favorecidos.

Los riesgos son también claros, y debemos estar prevenidos: la prepotencia de la economía sobre los valores y empobrecer las culturas. Una lógica mercantilista sin alma puede crear una competencia que agrande el abismo entre ricos y pobres; y pueden crearse grandes poderes que anulen las soberanías nacionales y uniformen los modelos culturales.

Aunque no vayamos tan deprisa. La globalización no es «intrínsecamente perversa». No es justo achacarle la responsabilidad de todos los males presentes. Tampoco es un proceso necesario. Los procesos históricos y culturales dependen, básicamente, de la libertad de los hombres. La globalización no necesariamente debe llevar a nuevas oligarquías, que es contra los que luchaban los contestarios de Quebec. La respuesta es mucho más simple, y, al mismo tiempo, más comprometida para cada uno de nosotros.

Lo definitivo es lo que hagamos cada uno por difundir los valores universales, que son también los cristianos, en la economía, en la política, en el diseño de legislaciones, en la educación, en los medios de comunicación... Lo otro, achacar los daños de globalización a grandes grupos de poder que ejercen fuertes y ocultas tiranías, es. al menos, sólo una parte de la verdad. Y muy cómodo en lo personal, porque yo no tengo nada que hacer... Pero la globalización, como la sociedad en que vivimos, será lo que la gente –es decir, yo- quiera que sea.

Quizá el resumen más cabal lo hacía recientemente Juan Pablo II, el pasado 27 de abril, señalando los dos principios básicos que éticamente deben guiar la globalización.

En primer lugar, «el valor inalienable del ser humano» que «debe ser siempre un fin y no un medio, un sujeto y no un objeto, no un bien comercial». En segundo lugar, «el valor de las culturas humanas». Y en todas las culturas, «los valores humanos universales existen y deben ser potenciados como la fuerza que guía todo desarrollo y todo progreso».

Esta es la auténtica globalización, que si depende de cada uno de nosotros.

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