DESDE EUROPA: VALORES EN CRISIS. żY NOSOTROS?

Nuestros problemas están claros y claro el diagnóstico. Pero a veces es bueno ver qué sucede fuera, en países desarrollados. Tienen problemas, quizá más desarrollados que los nuestros: y es útil verlos, no tanto para comparar, que no sirve de nada, sino para aprender y no caer en lo mismo.

Me refiero ahora a comentarios a una consulta realizada a 4.500 estudiantes de Secundaria de la Comunidad de Madrid, de edades comprendidas entre 12 y 18 años.. En el diario ABC del 19 de octubre el comentarista se muestra desolado ante los resultados, que muestran un gran desinterés ante el compromiso cívico y hacia las instituciones sociales y políticas. En contra del tópico sobre la juventud, prevalece el pragmatismo sobre el idealismo. Más dramático es el comentario de Eulogio López ante estos asombros. En efecto, dice, estos jóvenes son partidarios de cualquier relación sexual, no distinguen entre amor y sexo, apoyan los matrimonios homosexuales y la adopción de niños por gays (más bien les importa nada que se haga o no), el 30% de ellos cree que es igual una democracia que un sistema autoritario, el 40% no quiere que entren emigrantes y considera que la educación sólo el paso previo para encontrar un trabajo, a ser posible bien pagado: "Es una encuesta de resultados tan tristes que verdaderamente alguien tendrá que inventar una fórmula para crear hombres en lugar de restos humanos". Pero va a un punto central: la causa de todo esto. Los muchachos han captado que, si no hay principios morales absolutos, y si hasta la misma idea de Dios debe desaparecer del foro público en una democracia, el único principio al que atenerse es el de la propia conveniencia. Y hace ver que "eso" ha sido la consecuencia de años de negación de valores por parte de los mayores. Y en concreto, la disgregación del concepto de familia.

A ello se refería dramáticamente el Papa -oct 16, 2002- calificando a la familia, como célula de la sociedad, está amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por su futuro y, con ello, por el destino de toda la sociedad. El caso que comentamos de España no es más que un botón de muestra, que nos sirve en Guatemala para defender lo nuestro y no caer en los mismo.

Porque antes que ser una cuestión sólo ética o religiosa, la familia es una realidad humana y social. Además, en una sociedad globalizada, en la que las personas se convierten en simples números de tarjeta de crédito o en códigos de identificación fiscal, hay que estar convencidos de que la familia es el lugar en el que se superan las relaciones puramente funcionales, para instaurar «relaciones interpersonales, ricas de interioridad, de entrega gratuita. En la familia todos , el hombre, la mujer, el bebé, no son simples consumidores, son personas con nombres y apellidos.

Así, la familia evita que se obscurezcan los valores en las personas y que la sociedad reciba un daño incalculable. Numerosos estudios -y la realidad que vemos- muestran ampliamente que los índices de criminalidad, de suicidio, de pobreza y marginación aumentan con la disolución del concepto de familia.

El reciente Nobel de Literatura, el húngaro Imre Kertész, detecta esta misma falta de valores como fuente de los problemas de la sociedad. Dentro del pesimismo de quien piensa que no existe un sistema de valores y refiriéndose a Europa, no puede menos que confesar, que "existe un sentimiento de carencia", "una conciencia lejana de unidad", que es la conciencia de la sociedad, "y su ausencia puede crear muchas situaciones de peligro". Es la ausencia de valores, y entre ello, el concepto de familia.

Por ello no podemos permitir que por una «manipulación cultural se llegue a presentar a la familia como un "obstáculo" para la realización de la mujer, la cual como esposa y madre sería "discriminada" en su integración en la sociedad y en la política». O aceptar términos ambiguos cuando se discute y legisla sobre el tema de la familia.

No hay duda que estamos en un momento histórico difícil para la familia, pero tampoco la hay -y proclamarlo es tarea de todos- de que la institución familiar sigue siendo un bien necesario y una gran verdad, base y fundamento de toda convivencia humana.

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