VIOLENCIA DE NIÑOS, COLEGIOS Y GOBIERNO

Colegios analizan instalar detectores de metales: era una noticia de Siglo 21, y se refería a Guatemala. El Ministro de Educación situaba su confianza más que en los detectores de metales, en el programa de Educación Cívica y Valores que imparte el Ministerio en las escuelas públicas. Mientras, en Estados Unidos Bill Clinton ordena una investigación gubernamental acerca del nexo espectáculos y violencia. Un millón de dólares de presupuesto y… año y medio para resolver el problema.

Estamos ante un problema que preocupa a los gobiernos, y con razón. El decenio 1985-1995, los crímenes violentos perpetrados por menores aumentaron al menos un 50% en diez países de Europa, según el Instituto de Estudios de Criminología de Baja Sajonia. En Francia, aunque las cifras de la delincuencia global bajaron ligeramente en 1997, la parte de los menores en el total de delitos subió del 17,8% en 1996 al 19,3% en 1997. En Estados Unidos, anualmente se producen más de dos millones de arrestos de jóvenes.

Hay problema, y hay soluciones para todos los gustos. Por ejemplo, para el magistrado francés Michel Marcus, la vía penal no es la más adecuada. Piensa que resultaría más eficaz buscar soluciones en el derecho civil. Un mecanismo sería que los perjudicados por el vandalismo juvenil (los transportes, las escuelas, etc.) puedan recurrir a los jueces civiles por vía de urgencia. El hecho de que los padres puedan presentarse como fiadores de los hijos, reforzaría la responsabilidad del joven, de la familia o de los allegados, obligados a reparar solidariamente.

Otra línea es la preventiva. En EE.UU están los organizados por Big Brothers/Big Sisters, que tratan de ocupar el tiempo libre de los adolescentes con competiciones deportivas y otras actividades fuera del horario escolar. Otra iniciativa más divulgada, también en Estados Unidos, y que ha cosechado buenos resultados es la operación Night Light, de Boston, que trata de limpiar la calle de drogas y armas. En julio de 1997 cumplieron 24 meses seguidos sin ninguna muerte de menores de 17 años por armas de fuego, récord insólito para esa y cualquier ciudad estadounidense de más de medio millón de habitantes. La explicación es que desde 1992 estaba vigente un toque de queda desde las 7 de la tarde a las 7 de la mañana, aplicable los siete días de la semana, por decisión de un juez, a jóvenes delincuentes concretos.

Al abrir el baúl de la delincuencia juvenil, se descubren los trapos sucios: las dosis de droga y alcohol guardan proporción directa con los crímenes, que crecen especialmente por el consumo de los fines de semana y en las zonas de narcotráfico. Pero esas dosis no son el único detonante de la violencia, al igual que no existe un solo tipo de delincuente. Una línea de solución muy atendible viene precisamente de Estados Unidos. Los norteamericanos se percatan de que muchos niños viven en hogares de atmósfera irrespirable, en barrios de ambiente violento y degradante. Pero la penuria material no es lo más grave. La circunstancia más común entre los delincuentes juveniles es pertenecer a una familia de un solo padre.

Además, la persuasión general es que, para sanear las familias, los poderes públicos tienen una eficacia limitada. Sin despreciar las acciones de este tipo, las iniciativas ciudadanas, aparentemente más modestas, dan mejores resultados.   La experiencia es ya suficiente para comprender que las miserias de las naciones desarrolladas tienen su raíz en los valores y sólo se curan con un cambio de mentalidad y una movilización de la sociedad.

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