809 LA GRAN TRAMPA DEL DIVORCIO
Anécdotas: Niños piden al Papa no se separen papás
Caso Maco con papá en la Antigua y señora en USA casarse con divorcia para para que los cuide
En una de las visitas del Papa a un país, se le acercó un grupo de niñas y niños pequeños y le hicieron una petición: 'Santidad: no deje que nuestros padres se separen, dígales que se quieran, que no nos dejen...' Y es que los grandes perdedores son siempre los niños. Aunque no sólo ellos.
Me recordaba en este momento de dos casos recientes. El primero, un amigo que todas los fines de semana viaja a la Antigua para ayudar a sus hermanos a atender a su padre anciano, enfermo terminal. Me contaba el ambiente de esa casa: los hijos y los nietos valoran a ese hombre como un verdadero tesoro (tienen que hacerle todo), por el calor de familia y el ejemplo que da todos, quizá, sobre todo, por su aceptación de la muerte en la fe de sus padres. El otro caso es de una amiga en un país 'desarrollado': le ofrece matrimonio un hombre divorciado, desahuciado por cáncer. Su anterior esposa rehízo su vida de otro modo; sus hijos están cada uno por su cuenta. El 'trato' que la ofrece es casarse para que lo cuide -dos años le dan de vida- y él le dejará sus bienes...
Cuando se ataca el matrimonio; cuando, independientemente de los fallos personales que a nadie le toca juzgar, se pretende institucionalizar medidas legales que debilitan el matrimonio surgen problemas. Este es el caso del divorcio.
No estamos ante un exclusivo problema moral. Es un hecho constatado a todos los niveles.
Los hijos de los divorciados tienen menos éxito en sus estudios, presentan más problemas de comportamiento, obtienen peores empleos y se divorcian en mayor proporción que los demás, según un estudio dirigido por el Dr. Martin Richards, del Centro de Investigaciones Familiares de la Universidad de Cambridge.
Esta investigación tiene especial valor por basarse en la observación de 17.000 británicos nacidos en una misma semana de marzo de 1958, a los que se ha seguido hasta hoy. Se ha podido así examinar las diferencias entre aquellos cuyos padres se divorciaron y los otros.
Los hijos de los divorciados tienen un índice mayor de fracaso escolar: de ellos, la mitad de las mujeres y un tercio de los hombres no terminan estudios de secundaria. Acceden a la Universidad en una proporción que es la mitad de la registrada en los otros. El porcentaje de los que cohabitan sin casarse antes de los 21 años es 4.5 veces mayor, así como el de los que se divorcian. Según Richards, todo esto es consecuencia de las dificultades psicológicas que el divorcio causa a los hijos. Sale perjudicada la confianza que tienen en sí mismos. Entre otros factores, a esto contribuye particularmente la ausencia del padre, al que los hijos dejan casi por completo de ver en la mitad de los casos. Desde el punto de vista de las secuelas psicológicas, concluye Richards, para un niño el divorcio de los padres es más perjudicial que quedarse huérfano. Las consecuencias son más graves en las niñas. El problema ante el que estamos es que el matrimonio -el de todos, creyentes o no y de cualquier credo religioso- es indisoluble. Y cuando se juega con cosas que tocan a la naturaleza del hombre, esto tiene consecuencias graves: no sólo en lo personal, sino en la sociedad entera. Y esto es lo que hace el Estado cuando 'facilita' el divorcio.
Es claro a todos que éste es un problema muy grave, aunque a nadie le sea lícito juzgar a nadie en concreto. Pero estamos ante algo que afecta a todos. Y eso no puede ignorarse.
La gran trampa del divorcio es que el Estado ofrece una solucion que no lo es. Legaliza, 'bendice', la anulación del vínculo
-facilitando el subsiguiente- donde no tiene ningún derecho a hacerlo. Otra cosa es la 'separación' que puede darse y esta prevista en casos límites, garantizando los efectos legales convenientes. Es claro que a nadie se le puede forzar a cohabitar e incluso puede ser desaconsejado en algunos casos, pero la trampa se consolida cuando en la mentalidad -y en la práctica legal- se llega a una alternativa que no es verdad: o conviven o se anula el matrimonio.
Estamos ante un problema indudablemente complejo, pero no creo que ningún gobierno pueda ser felicitado por haber legalizado el divorcio, menos aún si se leen las estadísticas -al menos de Estados Unidos- que dicen que el 60% de los delincuentes juveniles son hijos de matrimonios separados o divorciados.
Quizá sirvan de pauta a este respecto las palabras de Juan Pablo II en su Carta a las familias: Como núcleo originario de la sociedad, la familia tiene derecho a todo el apoyo del Estado para realizar plenamente su peculiar misión. Es deber del Estado reforzar y proteger la genuina institución familiar, respetando su configuración natural y sus derechos innatos e inalienables.