EVOLUCIONISMO: ¿DESCENDEMOS DEL MONO?

Recientemente nos llegó el eco de una vieja polémica en los Estados Unidos: creacionistas y evolucionistas enfrentados sobre la enseñanza del origen del hombre. En Kansas se eliminó de las materias escolares la teoría evolucionista que se enseñaba, a criterio de Paul Craig del The Washington Post, como una especie de religión.

La polémica es antigua, aunque no hay problema en un campo objetivo cristiano. De hecho un pronunciamiento explícito sobre el evolucionismo se encuentra en la encíclica de Pío XII, Humani Generis, de 1950, donde afirma que se puede admitir el posible origen del cuerpo humano a partir de una materia viva preexistente, siempre que se mantenga que el alma es directamente creada por Dios. Es decir, reconocía que se trataba de una hipótesis digna de ser estudiada.             

Pero, a diferencia de algunos grupos fundamentalistas protestantes que buscan en el génesis una descripción literal de cómo fue creado el mundo por dios, la lectura católica de la Biblia no ha pretendido deducir del relato bíblico verdades científicas sobre el origen del mundo sino enseñanzas religiosas. La finalidad de la revelación divina es religiosa, no científica. Aunque, lógicamente, no puede haber contradicción entre lo que dios dice al hombre cuando éste mira y razona sobre la naturaleza, de lo que le revela por la Biblia: es el mismo Autor de una y otra.

Hace algo más de dos años Juan Pablo II intervino en el tema. Los comentarios comprobaron que la evolución más lenta es la de los prejuicios. "Darwin, rehabilitado por la Iglesia", "Roma reconoce por fin el evolucionismo"... Son algunos de los comentarios que suscitó su mensaje de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de Ciencias, en el que confirma que no hay incompatibilidad entre evolución y creación. Releyendo estos comentarios, uno saca la impresión de que la Iglesia Católica se ha caído ahora del árbol del paraíso y ha descubierto que debajo no estaban Adán, Eva y la serpiente sino Darwin y la selección natural. El oscurantismo religioso finalmente habría tenido que rendirse ante la evidencia científica. Pero eso no es verdad.

        Al principio, Darwin suscitó entre los católicos la misma perplejidad que provocó en tantos otros de sus contemporáneos. Así lo constata, por ejemplo, Francisco J. Ayala, presidente de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, en su libro sobre La teoría de la evolución (1994). "Argumentos tanto a favor como en contra de la teoría de Darwin aparecen asimismo entre los teólogos católicos contemporáneos suyos. Pero gradualmente, ya en el siglo XX, la teoría de la evolución biológica llega a ser aceptada por la mayoría de los escritores cristianos". Es decir, la existencia y la creación divinas son compatibles con la evolución y otros procesos naturales. La solución reside en aceptar la idea de que dios opera a través de causas intermedias: así, el que una persona sea una creación divina no es incompatible con la noción de que haya sido concebida en el seno de la madre y que se mantenga y crezca por medio de alimentos. La evolución también puede ser considerada como un proceso natural a través del cual dios trae las especies vivientes a la existencia de acuerdo con su plan. Y en consecuencia no consideren que el espíritu surge de las fuerzas de la materia viva, cosa incompatibles con la verdad sobre el hombre.

Los antievolucionistas estadounidenses siguen buscando el modo de impedir la enseñanza de la teoría de la evolución, porque todavía la consideran como antirreligiosa, en vez de simplemente 'no religiosa', como lo es cualquier otra teoría científica: por ejemplo, como se cura una determinada enfermedad. Siguen aferrados a una visión anquilosada de oposición entre fe y ciencia.

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