EDUCACION SEXUAL Y MANIPULACION DE DATOS

Publicado en Siglo 21, 3 noviembre 01

Hace un tiempo Time advertía contra la manipulación que se esconde tras algunas estadísticas y encuestas.

La mayoría, comentaba, hemos oído que en Estados Unidos, el 10% de los hombres son homosexuales, 2,7 millones de niños sufren malos tratos, una de cada ocho mujeres padecerá cáncer de mama. Políticos, activistas, gente dedicada a recaudar fondos, científicos y periodistas lanzan continuamente sobre el público incauto asombrosas estadísticas como ésas. Los números se presentan con toda la autoridad de la verdad científica. Pero no es así; y añadía: en Estados Unidos gran parte de los programas políticos y sociales se basan en cifras no confirmadas. Las estadísticas sobre delincuencia, pobreza, drogadicción, acoso sexual -en realidad, cualquier asunto relacionado con el sexo- son escandalosamente sospechosas. Aquí, en Guatemala, podemos desconfiar razonablemente de lo qué nos publican.

Aunque si sirven las estadísticas. Pero sólo como punto de partida, no para mostrar cómo deben ser las cosas. Un ejemplo ilustra. Después del desastre de Chernovil, donde explotó esa central atómica en Rusia, aunque nacieron muchos niños con deformaciones, todos sabían que eso no debía ser así, no era lo natural. De modo similar, el que haya abundantes deformaciones de conducta en el tema sexual, no es que ello sea lo natural, lo normal.

Hay preocupación en la sociedad por el comportamiento sexual de los adolescentes. Pero cuando en la educación sexual no se parte de los principios elementales, coherentes con la naturaleza humana, se llega a errores como los que lamentan muchos países. Y la educación sexual dada con los parámetros que pretende nuestra flamante ley de desarrollo, ha fracasado ya en muchos sitios (Inglaterra, España, Francia...).

Es el caso de Inglaterra. Una encuesta Welcome Trust confirmaba la cada vez más precoz iniciación sexual de los adolescentes. Detrás, toda una dolorosa cadena de secuelas: embarazos no deseados, madres solteras, abortos, aumento de enfermedades de transmisión sexual, SIDA, y asociación a conductas de riesgo como el alcoholismo y la droga; y un conjunto de torpezas del que la profesión médica es testigo de excepción. Un fenómeno preocupante que hacía preguntarse al editorialista de The Lancet, una revista nada sospechosa de actitudes conservadoras: "¿Hay que intentar imponer alguna medida de limitación sexual a una juventud exuberante? La respuesta parece ser sí". Afirmación, sin duda, costosa para muchos liberales y tolerantes, aunque no ciegos.

¿Problemas? Si.

Pero hay que estar alerta a propósito de lo que a veces se despacha por "educación sexual". Si se basa en consagrar la separación entre sexo y reproducción, sin valores ni esfuerzos de autocontrol, no hay razones que esgrimir para que los jóvenes retrasen su entrada en tal situación. El fondo de la cuestión no es un problema de píldoras o de preservativos, ni de abstinencia a palo seco.

Es preciso ante todo recuperar decididamente el significado originario de la sexualidad, una atracción y una fuerza admirables que Dios ha reservado a la pareja humana monógama, orientada al amor y a la fertilidad en el seno del matrimonio, en un marco de respeto a la mujer. Todo lo demás son desvíos y atajos que, inevitablemente, aumentan los desórdenes y, sobre todo, empobrece en valores a la misma sociedad.

Desde un punto de vista estrictamente médico, el uso de anticonceptivos presenta muchos problemas de salud, como señalan abundantes estudios médicos independientes. También promueven una mentalidad que favorece la promiscuidad sexual, lo que sitúa ante un riesgo mayor de contraer enfermedades de transmisión sexual. Debe quedar claro: aun cuando algún anticonceptivo no fuera abortivo, promovidos en plan masivo y con mentalidad antinatalista, como pretende la actual ley, empobrecerán irreversiblemente nuestra sociedad al destruir nuestros valores.

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