PADRES DE FAMILIA Y PARTICIPACION CIUDADANA
Una de los mayores males de nuestra sociedad, que hay que afrontar, es la tentación de la desesperanza. Hay quienes no quieren leer las noticias, porque en las estadísticas mundiales –en todas, dicen- estamos en la cola: menos mal que existe Haiti, que nos salva del último lugar. Es un mal de fondo que paraliza. Lógicamente no me refiero al futbol
–perdón...- ni al gobierno. Estos pesimistas son los que están convencidos de que no se puede cambiar nada, que todo esfuerzo está destinado al fracaso. Y así, si no puede cambiar nada, no queda más que ponerse al margen, dejando que "siga la vida". Muchos se quedan desconfiados, indiferentes ante todo lo que se refiera a la marcha de la sociedad, incapaces de luchar y de tener esperanza. Lógicamente esto es una postura equivocada, porque el curso de los acontecimientos no es ni irreversible ni estamos ante un proceso de descomposición de valores ante el que no podemos hacer nada. Podemos, y mucho.
Aunque hay cosas malas, no hay duda. Es necesario darse cuenta de que hay situaciones que nos afectan en todo el mundo. Precisamente Juan Pablo II, a principios de febrero denunciaba que en estos momentos el matrimonio y la familia se han convertido en una realidad «abiertamente contestada». El gran problema de hoy consiste en haber reducido el concepto de matrimonio, hasta convertirlo en «un dato puramente físico, biológico y sociológico, que es posible manipular mediante la técnica según los propios intereses». Y se refería a que cuando el matrimonio se convierte en una simple costumbre biológica, social, entonces se comprende cómo hoy día se trata de presentar a «las uniones de hecho, incluidas las homosexuales, como equiparables al matrimonio». Pero, concluyó, «el matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas, susceptible de ser configurada según una pluralidad de modelos culturales». A todos nos interesa recordar que el matrimonio, núcleo de la familia y por tanto de la sociedad, es: uno con una y para siempre, abiertos a la vida.
Precisamente sobre esto, el representante de Juan Pablo II ante la ONU, con ocasión de la Cumbre Mundial de la Infancia que se desarrollará el próximo mes de septiembre, puso sobre el tapete que debe defenderse «la promoción y protección del derecho a la vida, así como de la dignidad y derechos del niño, antes y después de su nacimiento».y que la Cumbre de la Infancia de septiembre debe reconocer la familia como «la unidad básica de la sociedad» y «la primera responsable de educar y proteger a los niños desde la infancia hasta la adolescencia». Son puntos fundamentales que todos los ciudadanos tenemos que estar atentos a ver cómo los desenvuelve el gobierno –desarrollo real- en sus políticas de salud reproductiva.
Reconozco que hay aspectos de la sociedad estadounidense que me parecen poco imitables. Pero al menos en lo que se refiere a la participación ciudadana en las cuestiones que les afectan, debiéramos imitarlos. Ellos exigen responsabilidades a las personas que administran sus impuestos y su confianza. Por eso no permiten que les toquen la moral y, menos aún, si es en la persona de sus hijos. Si los gays quieren hacerse propaganda, allá ellos. Pero que no pretendan adoctrinar a los hijos de los demás en los centros escolares. Por eso, un vigoroso movimiento de Padres de Familia en California está impulsando una legislación que permita a los padres decidir si sus hijos reciben o no los controvertidos programas de "educación sexual", que contemplan entre otras cosas la enseñanza de la homosexualidad como algo "normal". Y además están ofreciendo un formulario para que las familias fuera de California también se opongan a estos programas en otros estados de la Unión. Toda una lección para los resignados conformistas de nuestro país.
Tenemos la sociedad que nos dejamos imponer. Si alguien no hace algo, que no se queje.