ELECCIONES POLITICAS Y POLITICAS SOBRE DROGAS
En estos 50 años de promoción de los derechos humanos, uno de los logros es que la legitimidad de un gobierno viene refrendada o cuestionada por el respeto a los derechos humanos. Y se pide cuenta de ellos a los gobernantes, incluso pasados sus años de gobierno. También por eso en las elecciones los candidatos se refieren a esto.
Pero hay cierto tipo de experimentos con humanos y con la sociedad que, de alguna manera, deberían entrar en esa cuenta. No basta que sean decisiones incluso democráticamente asumidas. Es por ejemplo, el caso de la droga. Se comentaba hace unos meses, como los alemanes no habían tenido que esperar mucho para ver los efectos de su nuevo gobierno. Una de sus primeras propuestas fue la liberalización de la droga. El ministro de Sanidad hizo público su propósito de distribuir la heroína a los drogadictos y modificar la ley sobre las penas a los consumidores de las llamadas «drogas blandas» (marihuana).
Otro caso ampliamente conocido es el de Holanda. Después de años de un experimento de liberalización, ante la presión de países vecinos -a los que se les estaba introduciendo la droga se propusieron una política más rigurosa respecto al consumo y tráfico de drogas, aunque los ministros sugieren que se comience a dar heroína por indicación médica a un grupo de drogadictos, a modo de experimento. Pienso que no basta rectificar: cuando se hacen este tipo de experimentos -contrarios a la dignidad de la persona- debieran exigirse responsabilidades a la autoridad que las impuso.
Actualmente se han recogido los resultados originados por propuestas de algunos gobiernos -que algunos calificaban de gobiernos de hippies-, sin principios morales, que han contagiado su vacío a la sociedad. Es el caso del gobierno norteamericano a principios de los 90, que propuso cambio de estrategia en la lucha contra la droga: dar prioridad al tratamiento de adictos, en vez de a la represión, y a la cooperación con los países productores, en vez de a los esfuerzos por frenar el tráfico hacia Estados Unidos. Éstas fueron las líneas maestras de un plan presentado al Senado por la Administración de Clinton, quien piensa -o pensaba- que lo más eficaz era reducir la demanda concentrando los esfuerzos en la rehabilitación de adictos. A los hechores de este tipo de planes, hechos al margen de la verdadera raíz del problema y de la dignidad de la persona humana, me refería que había que pedirles cuentas. .
La legalización no ha resuelto el problema, sino que lo ha agravado en los países donde se ha experimentado. Pero sobre todo el problema no está en la droga, sino en la enfermedad del espíritu que lleva a la droga. Con la legalización, no es el producto lo que se liberaliza, sino que se convalidan las razones que llevan a consumirlo. La droga, ya sea comprada ilegalmente o distribuida por el Estado, es siempre destructora del hombre. El punto básico, el reto de la sociedad es, además de las medidas legales contra adictos, productores y distribuidores, se enfrente seriamente lo que dicen los expertos desde hace muchos años: que la clave de la toxicodependencia no es la droga sino lo que lleva a un individuo a drogarse.
"Hemos estado buscando soluciones donde no podíamos encontrarlas -comentaba Robert Woodson, presidente del National Center for Neighborhood Enterprise, respecto a un tema similar-. La crisis no es de servicios recreativos o sociales, ni de poder adquisitivo. Sin duda, nuestros hijos necesitan todo eso. Pero estas cosas no pueden hacer cambiar, y lo que por encima de todo necesitan nuestros jóvenes es reformarse interiormente".